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Un halón de orejas


La Conferencia Episcopal Panameña (CEP) hizo duros señalamientos en contra de la clase política nacional. Sus críticas están cargadas de sabiduría y sentimiento popular. En ellas se refleja precisamente y, sin dejar lugar a dudas, lo que siente la mayoría del pueblo panameño.

Que la sociedad cree que la política se ha deshumanizado, es cierto; que los políticos no inspiran confianza ni respeto, es indudable; que no hay ética ni apego a la dignidad humana y que ellos anteponen sus intereses a los del pueblo, también es verídico.

Este rosario de quejas y cuestionamientos lo viene esgrimiendo el pueblo desde hace tiempo, sin que nadie atienda su clamor.

Los obispos no se equivocan cuando inician su comunicado al país diciendo que los duros planteamientos que hacen están en sintonía con el pueblo y provienen de un sentir generalizado.

Perplejidad, tristeza y preocupación, como dice la Iglesia católica, es lo menos que producen las últimas actuaciones de nuestros políticos.

El bien común y la voluntad de los electores no figuran en el menú de prioridades o asuntos a atender de nuestra clase política.

Los acuerdos de recámara, el pago de prebendas y canonjías son las que marcan la pauta en la política.

No hay coherencia entre los que pregonaban durante la campaña electoral y los que laboran ahora como funcionarios y administradores de la institución pública.

La Iglesia también acierta cuando afirma que se necesita una real independencia entre los poderes del Estado. Aunque nuestros gobernantes y políticos se desvivan asegurando que no hay injerencias entre los tres órganos de poder; sus actuaciones demuestran todo lo contrario.

Los políticos parecen no entender que sus desaciertos no son simples deslices y que ellas comprometen la institucionalidad y el estado de derecho del país.

Aunque no hay muchas esperanzas, ojalá el fuerte llamado de atención de la Iglesia sirva para que estos señores entren en razón y corrijan el mal que le están produciendo a la Nación.