Un país al borde del abismo
Vivimos en un país al borde de un estallido social, en donde si no se toman los correctivos a tiempo, las soluciones con el pasar de los años serán más difíciles, por no decir imposibles. El Gobierno hace caso omiso a las reclamaciones de los que menos tienen, que piden a gritos mejoras en los sistemas de agua y alcantarillado, electricidad y transporte; así como una reducción al costo de los alimentos.
Si bien es poco el tiempo en el poder del presidente Juan Carlos Varela para responder todas estas reclamaciones, pareciera que el gobernante y sus gandules miran de soslayo los problemas de los miles de rotos que sobreviven aquí con apenas el salario mínimo.
Panamá, al igual que el resto de los países de la región, está dividida políticamente, donde cada presidente procura gobernar para beneficiar a sus copartidarios, amontonar riquezas y acrecentar fortunas particulares, dejando la solución de los problemas sociales para el final en la fila de las reclamaciones.
El gobierno de "El pueblo primero" descuida su principal promesa de campaña, la atención de las necesidades sociales y básicas de los miles de hombres y mujeres rotos, afectados como si fuera poco, por una marcada descomposición social.
Por años, la política ha sido vista por personas sin escrúpulo o, valga la redundancia, por los políticos como una forma para enriquecerse, disfrutar de viajes, hacer negocios multimillonarios, atacar y tomar venganza de sus adversarios políticos.
Cada vez son menos los brazos con la capacidad de sostener esta crisis social, antes de que la misma explote y suma al país en una ola de protestas, donde la violencia pudiera convertirse en el pan nuestro de cada día.
Lo anterior no es más que el producto de una nación herida en sus valores éticos, donde por mucho tiempo los gobiernos han estado regidos por la impunidad y los partidos han perdido sus principios ideológicos para convertirse en corrales gigantescos de gente sin formación y dirección política, pero con ansias de ocupar puestos con grandes salarios.
Si el gobierno no le pone el pie en el acelerador, la miseria, la desesperación y la violencia que empieza a germinar en el país pudieran convertirse en "caldo de cultivo" o en los ingredientes para una explosión social de imprevisibles consecuencias.
Hoy el panameño de pie, despojado de su esperanza, a raíz de la crisis social imperante, se mantiene acorralado. Y su aparente y bienestar y seguridad empieza a evaporarse por su impotencia, frente a la incapacidad administrativa demostrada hasta hoy por el gobierno.
Lo imperante es que el gobierno reflexione y saque a flote este barco llamado Panamá del letargo en que se encuentra, implementando acciones concretas antes de pensar en proclamarse como el salvador de hombres y mujeres rotos, heridos de muerte por la corrupción y la impunidad.
Periodista