Un país civilizado y ordenado
Históricamente Panamá ha sido un pueblo y además un país; un pueblo de vida sencilla, de vida sana, donde los espíritus son libres y los seres humanos pueden convivir. En horas dramáticas y dolorosas de nuestra historia algunos panameños ilustres señalaron el camino correcto a seguir. Nos enseñaron lecciones de ciudadanía inolvidable; lecciones invalorables de convivencia humana; lecciones inapreciables de lo que es la democracia en acción y en movimiento, de lo que es un país con vocación para organizarse y ser útil a sí mismo.
EL CRECIMIENTO CONSISTE EN PRODUCIR UN HOMBRE Y UNA MUJER LIBRES Y FELICES, UNA FAMILIA Y SOCIEDAD ORGANIZADA Y ARMÓNICA.
La lección más importante que nos ofrece el Panamá de nuestros próceres es querer ser un país de gentes sencillas y educadas; que lo que cuenta en el desarrollo humano como problema global no es estrictamente eso que hoy la pedantería de la modernización ha convertido en cifras del crecimiento, en referencias econométricas y en toda esa idolatría, a veces absurda, que hace pensar y creer que el desarrollo consiste en el crecimiento de cosas materiales y nada más.
Si alguna lección en el pasado reciente pudo ofrecer Panamá a América y al mundo, fue la de ser un pequeño país organizado y solidario, que dio y produce diaria experiencia de convivencia y de comunicación humana. Y esto es el desarrollo. El desarrollo no son las cifras del crecimiento material como pretende hacer ver este “régimen de mando personal”, ni eso que en términos bastante discutibles ya, llaman los técnicos el Producto Interno Bruto (PIB). El crecimiento consiste en producir un hombre, un hombre y una mujer libres y felices, en producir una familia organizada y una sociedad armónica. ¡Eso quisiéramos que fuera Panamá hoy!
Esa sería en estos momentos una lección panameña importante para América. Una lección definitiva para la comprensión que hemos de tener ahora para entendernos a nosotros mismos como pueblo que quiere crecer, pero que debemos hacerlo, no en términos económicos solamente sino en términos de producir un hombre feliz y no un hombre económicamente productivo, pero moral y mentalmente improductivo. Producir para la felicidad y para la inteligencia, producir para la cultura y para el equilibrio humano y no producir brutalmente para enriquecer las cifras de los balances y de las estadísticas econométricas que aparenten un prestigio no siempre positivo para el desarrollo humano.
Esa lección es de vieja data: nos la enseñaron con la sencillez de su ejemplo, con inteligencia, con comprensión, con su afectuosa aproximación nacionalista, panameños ilustres como lo fueron nuestros próceres; Manuel Amador Guerrero (primer presidente de la República), Eusebio A. Morales, Belisario Porras, Carlos A. Mendoza, Ricardo J. Alfaro, Enrique A. Jiménez, Octavio Méndez Pereira, José Isaac Fábrega, Roberto F. Chiari, Aquilino Boyd, Jorge E. Illueca, Carlos Iván Zúñiga, Miguel J. Moreno y otros de gran mérito.
En adelante, corresponde a las actuales y futuras generaciones trabajar y actuar en el ejemplo de estos ilustres hombres panameños, vinculados a nosotros por la estima y por la admiración que le tenemos como maestros inolvidables de civismo, nacionalismo y patriotismo. Nos obliga hacerlo en términos modernos, palpando la historia que nos haga falta. Pero hemos de mirar el futuro y no necesariamente el pasado, porque en el futuro es donde está nuestro compromiso. Hemos pasado mucho tiempo invocando el pasado y refugiándonos en el prestigio de los Libertadores y de los padres de nuestros países. Es como querer declinar nuestro deber para que sea cumplido por ellos, cuando eso sería ignorar la necesaria obligación de cada generación de comprometerse con su destino e identificarse con sus compromisos históricos.
Esto queremos hacer los hombres y mujeres de nuestra generación en Panamá. Esto debemos hacer y si no lo hacemos estaremos traicionando la mejor posibilidad histórica que se nos presenta ahora, fructífera y dinámica, exigente e impresionante, pero posible, ejecutable y realizable. Así lo entendió en su momento el más grande de los Padres de la inteligencia de nuestro país, Justo Arosemena; y así lo entendieron Manuel José Hurtado, padre de la instrucción pública en Panamá, y Octavio Méndez Pereira, al concebir la idea de la creación de su obra eterna: la Universidad de Panamá.