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Un país convulsionado por el bochinche


Desde hace muchos años me hice una promesa: No creer crítica destructiva alguna, en lo absoluto, que se diga en contra de una persona, sin antes ver las pruebas que así lo confirmen. Precisamente, he allí lo admirable del proceso judicial que avanza, se desenvuelve y desarrolla, sobre las pruebas. Sin prueba no puede haber pretensión que sea reconocida en el ámbito jurisdiccional. Una definición, poco solemne, del concepto prueba es la que propicia en la doctrina el maestro rosarino Adolfo Alvarado Velloso: Medios de confirmación procesal de los supuestos de hechos que sirven de fundamento a la pretensión jurídica afirmada en el proceso o de fundamento a los hechos de la oposición a esa pretensión.

Cuando los estudiantes me preguntaban en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, “que si yo defendería a un criminal?”, respondíalo siguiente: ¿Cómo puede saber usted si es un criminal o no sin antes estudiar el caso, sus hechos y circunstancias, la personalidad del acusado y del acusador, el peso de las pruebas, el Derecho en controversia, su análisis e interpretación, en fin? Todo hecho delictual, acéptese, es una cuestión óntica y fenomenológica que demanda riguroso análisis y no se puede dar por sentado que existe sin antes ponderar sus elementos y determinar así su existencia.

Ojalá no pocos fiscales y jueces tomaran esta aseveración en cuenta. Habría menos presos en las cárceles panameñas sin condena y más sentenciados con condenas bien dictadas y aplicadas. Hace muchos años señalé, en mi libro Instituciones de Derecho Penal y Procesal Penal, editado en el año 1994, que en Panamá –cosa igual ocurre en otros países- tenemos dos clases de procesos: el primero suele darse en los medios y el segundo en los tribunales. En el primer proceso, generalmente, sales condenado. De allí el adagio popular: Leche derramada, ¿quién la recogerá? En el segundo , el auténtico judicial, y a veces hasta parecido a un sortilegio, puede ser que te condenen o te absuelvan. Pero si ya la “leche ha sido derramada”, cuánto cuesta siquiera recoger unas gotas de ella. Hablo de la moral golpeada, de la honra pisoteada, de la dignidad personal y familiar, también la profesional, enlodada hasta no más. Y pensar que hay quienes, sin reparo alguno, se atreven a escribir y condenar a los acusados cuando ni siquiera se han dado los procesos o las condenas.

Bueno sería que aplicáramos un mandamiento –Amarás a tu prójimo como a ti mismo - que haría tanto, pero tanto bien al país: Frenarás tu lengua cuando de hablar mal del otro se trata –No levantar falso testimonio en contra de tu hermano.