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Un país que se traga a sí mismo


En el escenario político panameño las cosas andan muy mal. El discurso, de parte y parte, esto es de gobierno y de oposición, languidece en medio de diatribas y referencias subjetivas que nada aportan al fortalecimiento de la democracia y mucho menos que den cuenta de un adecentamiento de la vida política nacional.

En medio del marasmo politiquero en el que, casi de modo forzado, nos meten los políticos, poco se habla ya en nuestro medio de la pobreza que pulula aún en las grandes mayorías panameñas marginadas, por obra y gracia de una danza de millones que viene dándose en Panamá desde hace varios años ya, pero que de ninguna manera permea a esa gente tan necesitada de y por mejores niveles de vida. Sí, eso mismo, de lo que se ha dado en llamar como “calidad de vida”.

Hay desnutrición, más de trescientos mil discapacitados en todo el país; el campesinado no cuenta y como si fuera poco, la educación, al igual que ayer, por muchos discursos de optimismo que provengan de la titular del ramo, sigue gimiendo en nuestro medio precaria y de su calidad dan cuentas claras los bajos niveles de preparación y deficientes notas que sacan nuestros muchachos en las pruebas de admisión cuando pretenden ingresar a la Universidad de Panamá.

No hay duda alguna que el gobierno actual está desarrollando programas para el desarrollo de infraestructuras que rayan con los límites de obras colosales, entre ellas la ampliación del Canal de Panamá gestada e iniciada en el gobierno pasado.

La construcción del metro se suma como principal eslabón en esta cadena de construcciones de obras públicas y ensanches de vías y carreteras a lo largo y ancho del país. Sin embargo, insistimos, se trata de un desarrollo que no permea a nuestra pobre gente pobre.

Y lo que vemos es un país que cada día se hace más costoso para quienes no tienen ningún tipo de acceso a ese “asombroso desarrollo”.

En otro orden de ideas, la industria del turismo se presenta como “atractiva”. Sin embargo, cabe acotar que ésta es un espejismo para los nacionales, las grandes mayorías, que tampoco tienen ningún tipo de acceso a esos restaurantes, entre otras cosas, que sin ofrecer la mayoría de ellos, los mejores y exquisitos platillos, han puesto sus costos por encima de ciudadades que devienen en mecas de la gastronomía, como lo son las ciudades de Los Ángeles, Chicago, Nueva York y más recientemente Lima. Se come rico en esas ciudades y se paga menos que en Panamá. Puedo dar fe de que mucho menos y por comida de calidad.

El dinero del turismo, calculado en cientos de millones de dólares, queda en manos de empresarios, si bien es cierto tiene que producirles réditos económicos, estos se olvidan que los panameños y panameñas también tienen derecho a esa industria del turismo. Para muestra un botón: la clase media ya no puede acceder a un hotel o llamado “resort” en este país, dado que ahora, en la mayoría de ellos, se paga por persona y no por habitación y los costos, la noche, suelen rondar entre los 300 y hasta los 500 dólares. Para colmo, en sus “menús” presentan escuálidas propuestas gastronómicas que al momento del pago sientes que “te han estafado o atracado”, no más ni menos. Verdaderos hurtos con diplomacia de gastronomía.

Este país cada día que transcurre se torna más difícil. Diputados que ausentes o carentes de inteligencia óptima y ágil, buscan cualquier entretenimiento para este pueblo, como ahora venir a ofertarles “la muerte” como solución potable a la ola de delincuencia que vivimos y al sistema penitenciario que nos resulta tan costoso. Pero, obviamente, nadie habla de “ponerle o fijarle pena de muerte” a la corrupción, al peculado, a los fraudes institucionales o la violencia que emana de tanta podredumbre en este suelo.