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Un papa para la renovación


Luis M. Guerra Pérez (opinion@epasa.com) / Seminarista diocesano

Más que un acontecimiento eminentemente institucional y, por ende, histórico dentro de las esferas del mundo católico, en la que el papa Benedicto XVI ha presentado su renuncia como obispo de Roma, en la que acoto parte de su discurso que dice: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que por la edad avanzada ya no tengo fuerza para ejercer adecuadamente el ministerio”.

En pocas palabras podríamos pensar que el papa se jubila como cualquier funcionario de una empresa o institución, pero quisiera rescatar aquí su valentía, coraje y humildad para dejar un ministerio, es decir: un servicio a la humanidad directa o indirectamente porque estamos hablando de la parte espiritual dentro de la diversidad de credos y experiencias religiosas.

El papa Benedicto es un hombre de Dios que en su magisterio papal contribuyó en gran parte a la humanización del hombre como criatura de Dios en esa relación de trascendencia con aquello que está por encima de nosotros, que no podemos explicar; si lo trasladamos al mundo de la ciencia moderna se conoce como la “Partícula de Dios”. El origen de la totalidad.

El ministerio y el magisterio de Benedicto XVI contribuye a todos los ambientes de la sociedad, con el diálogo y la cercanía con creyentes y no creyentes en busca de nuevas alternativas desde una visión teológica cristiana fundada en la razón, ingrediente fundamental de nuestro siglo.

Vemos pues parte de sus encíclicas como lo son: la “Deus Caritas Est”, sobre el amor cristiano, la “Spe Salvi” sobre la salvación en la esperanza y la “Caritas in Veritate” sobre la caridad en la verdad y que contribuye en gran medida a la cuestión social actual. Sin dejar atrás la cercanía con las otras religiones no cristianas y apertura con la Iglesia anglicana en su constitución apostólica: “Anglicanorum Coetibus”, como también su trilogía: “Jesús de Nazareth”.

Al convertirse en el papa que renuncia por casi 600 años, desde el papa Gregorio XII en 1415, no me queda más que agradecerle al papa por su gran humildad, en donde “el bien de la Iglesia y el depósito de la experiencia de fe” están por encima de las situaciones turbulentas que puedan pasar en una institución milenaria como lo es la Iglesia católica romana, que, como sabemos, está constituida por hombres débiles, pecadores que caminan y peregrinan en la fe y la esperanza.

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Viernes 14 de agosto de 2026