Un pocillo de chocolate
Guardo en mi memoria gratos recuerdos sobre la Navidad. En la pobreza, nuestra madre, en lo que podía y con anticipación, guardaba el polvillo de chocolate, y en la Nochebuena, cuando se aproximaba la hora novena, nos servía una taza de ese rico chocolate casero.
Recuerdo que en el patio trasero de la casa, mi padre había sembrado dos o tres plantones del árbol de cacao. Crecieron robustos, fuertes, frondosos, fructíferos. Cuando el fruto maduraba, en el propio árbol se tomaba, se partía, y desgranadas las semillas se extendían en grandes petates o mantas viejas que servían de cama a las semillas que luego el sol diario, propio de los intensos veranos, se encargaría de secar. Bien secas las semillas, luego de varios días y hasta semanas, se pulverizaban en el pequeño molino que durante tantos años nos sirvió también para hacer las tortillas de maíz y la molienda del café.
DE LA NAVIDAD QUE EN LA INFANCIA ME TOCÓ VIVIR PUDE ENTENDER QUE LOS VERDADEROS REGALOS CONSISTEN EN DAR MUCHO AMOR, CARIÑO, ARMONÍA ESPIRITUAL, PAZ, Y QUE SIEMPRE REINE LA CORDIALIDAD EN LA FAMILIA Y ENTRE LOS HOMBRES...
Era un momento sublime aquel tomar el chocolate sentados, unos en el suelo y otros al borde de las improvisadas camas. Se respiraba tranquilidad, mucha paz, también alegría. Nada de pavos asados ni jamones suculentos. Nada de dulces, peras, manzanas ni uvas. Ni pensar en vinos o en champañas. La música venía dada por el propio silencio de la noche y en ella el ejército de grillos, cigarras y del entonar, de vez en cuando, del pájaro turututú.
Más que fiesta, el momento se engalanaba cuando nuestra madre nos hablaba del Nacimiento del niño Jesús, de la tierra de Belén y de los pastores. De cómo Herodes Rey ordenó, al tener conocimiento del Nacimiento del Hijo de Dios, la matanza de los niños menores de dos años. Todo era realmente edificante. Vivíamos plenamente la Navidad.
Recordamos a Monchi Pereira, desde nuestros escasos años de la infancia, leer y transmitirse por la radio los pasajes bíblicos sobre el Nacimiento de Jesús. Lecturas estas que para la Semana Santa se proyectaban a casi todo el Evangelio de San Mateo.
Crecimos en nuestra familia, teniendo a la Navidad como un acto memorable en el que recordamos el Nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre y reivindicándonos, con su llegada, de nuestros pecados y caídas. Para nosotros, obviamente, la Navidad no representaba fiestas ni parrandas, borracheras, trasnochadas ni comilonas a altas horas de la noche.
ERA UN MOMENTO SUBLIME AQUEL TOMAR EL CHOCOLATE SENTADOS, UNOS EN EL SUELO Y OTROS AL BORDE DE LAS IMPROVISADAS CAMAS. SE RESPIRABA TRANQUILIDAD, MUCHA PAZ, TAMBIÉN ALEGRÍA. NADA DE PAVOS ASADOS NI JAMONES SUCULENTOS. NADA DE DULCES , PERAS, MANZANAS NI UVAS. NI PENSAR EN VINOS O EN CHAMPAÑAS. LA MÚSICA VENÍA DADA POR EL PROPIO SILENCIO DE LA NOCHE Y EN ELLA EL EJÉRCITO DE GRILLOS, CIGARRAS Y DEL ENTONAR, DE VEZ EN CUANDO, DEL PÁJARO TURUTUTÚ.
Es un falso paradigma navideño que la cena de Nochebuena debe comerse al sonar las campanas a las 12 medianoche. Pobres estómagos y sobre todo, pobres niños y ancianos comiendo a esa hora.
Es un falso paradigma también aquel que indica que tenemos que llenarnos de presentes sobre el argumento de que el niño Dios trae regalos.
De la Navidad que en la infancia me tocó vivir pude entender que los verdaderos regalos consisten en dar mucho amor, cariño, armonía espiritual, paz, y que siempre reine la cordialidad en la familia y entre los hombres. Que el tema concerniente a "regalar y regalar" es un gran invento promocional que el comercio ha sabido explotar muy bien. Los pobres se endeudan para regalar o gastan lo poco que tienen y los que más tienen se llenan de mucho dinero para estos tiempos. El consumismo y materialismo perversos son las notas distintivas de estos tiempos.
Para mí, lo más importante de la Navidad no es tanto su celebración, sino en que la sigamos teniendo siempre presente diciéndonos a diario y en cada momento: "¡Nació Jesús, el Rey de Reyes!" ¡Feliz Navidad!
Abogado