Un pueblo de hombres y mujeres libres
“La imposición por imperio de autoridad solemne ya no es fuerza moral, pues se parece mucho al despotismo”.
Generalmente, las masas sumidas en la ignorancia son fácil presa de cualquier demagogo o aspirante a dictador que se presente ante ellas con la apariencia de un mesías. La miseria, representada por la escasez de los medios indispensables para subsistir, la falta de trabajo, la carencia de vivienda decorosa, las enfermedades, el hambre, la desnutrición. El resentimiento, despertado en hombres, mujeres y niños por su condición de parias, por no tener acceso al disfrute de las comodidades y conquistas de la vida civilizada, por su vivir con la sensación de una angustiosa inseguridad y no divisar en ese sombrío horizonte la más lejana luz de esperanza.
En Panamá, pueblo y gobernante se dan sin recíproca eliminación. Casi diríamos que son conceptos correlativos. Pero el requisito para esa correlación es que el gobernante sea intérprete fiel del sentir, del pensar y del querer del pueblo y le ofrezca un paradigma moral. Decimos fiel, con lo que también queremos decir veraz y honrado. Por tanto, no podrá entenderse que nos estamos refiriendo al demagogo, que por esencia y definición es el hombre mentiroso y falto de honestidad.
Cuando el gobernante no ha sabido interpretar a la masa o la ha aprovechado para sus fines particulares y la satisfacción de su apetencia de poder, entonces se ha caído en la dictadura, en los regímenes personalistas. También se ha caído en ellos cuando el pueblo no ha sabido distinguir entre el falso y el auténtico paladín y ha rechazado a este último y los puros valores en él encarnados, para dejarse engañar por la adulación, la mentira y la bajeza del primero. En este caso, la masa no solo se esclaviza sino que, más allá de lo que degrada toda tiranía por la sola privación de la libertad, se envilece por el servilismo hacia el déspota. La autocracia es, en Panamá, un fruto espurio tanto como letal, un atentado contra el espíritu de la panameñidad.
Los pueblos más progresistas del Continente son aquellos que mejor supieron elegir sus hombres públicos y rehuyeron la aventura con el desconocido, con ese “hombre oscuro” que decía Sarmiento, que tan graves estragos ha causado en nuestra civilización política.
Quien tenga una visión pesimista del destino del hombre puede admitir que la corriente de la historia, como un hecho fatal, favorece el absolutismo; lo favorecerán nuestros errores y omisiones, no la historia.
