Un reto de la juventud
Panamá es el país de la región con mayor PIB y el que más invierte en educación; también es el que posee el segundo más bajo nivel en distribución de la riqueza. Ante esa realidad, los ciudadanos vemos con espanto todos los escándalos de corrupción mientras pensamos: si había tantos millones para robarlos en estos últimos cinco años, seguro había otros más en los años anteriores y de esos no sabremos nunca nada. No es justo que con tanto dinero haya, aún, escuelas en tan mal estado, niños con hambre, todos los panameños carentes de un buen sistema de salud o sufriendo por la falta de agua, y nuestras ciudades sin un transporte digno.
Y, ¿qué hacer para que la juventud panameña logre acceder a una educación, profesional o técnica o académica, de calidad y que responda a esa sociedad que espera sus aportes para el futuro?
Nuestro país no ha escapado a ese movimiento global que ha venido dándose, en las últimas décadas, en el mundo universitario. Tampoco a algunas situaciones que se generalizan en el mundo, tales como la disminución de las vocaciones científicas y la proliferación de centros universitarios privados. Esta última ha sido una consecuencia de las dificultades que enfrentaban muchos jóvenes en el acceso a los centros universitarios públicos y, que deseosos de tener una profesión, buscaban otras alternativas.
Ante esa circunstancia, la empresa privada encontró un nicho de mercado ideal para desarrollar una nueva línea de negocios y, en realidad, ha sido exitosa. En unos países más que en otros, las universidades particulares son la alternativa de la juventud que busca una carrera universitaria o especialización en menor tiempo y con un ambiente más relajado y más moderno que el ofrecido, generalmente, por los centros oficiales de educación superior.
Esa dificultad para el acceso a la educación universitaria oficial es congruente con los bajos índices de ingreso a las carreras de ciencias básicas e ingenierías, por dar ejemplos. Cada día, un menor número de estudiantes que egresan de bachilleratos logran resolver con solvencia las pruebas de ingreso universitario, me refiero a los sistemas educativos de países como el nuestro. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta siempre ha recaído en el nivel inferior (escuela media). Sin embargo, con esa respuesta se crea otra interrogante: ¿De dónde surge el profesional que forma a esos estudiantes para que lleguen a las universidades o al mundo del trabajo, sin estar listos para enfrentar los retos que esos niveles le impondrán? Otra vez la respuesta apunta al nivel superior. Es como un círculo vicioso que deberíamos tratar de convertir en virtuoso. He ahí el dilema. Sería bueno mirar cómo lo hicieron o están haciendo otros, y tomar ideas de las buenas prácticas.