default

Una bomba que puede estallar

Por: Redacción 06/04/2015

Alfred Hitchock, el genio del suspense cinematográfico, decía que una conversación sobre cosas cotidianas resultaba muy aburrida en una película. Sin embargo, si debajo de uno de los asientos de los interlocutores se coloca una bomba a punto de estallar, de repente toda la escena adquiere interés y dramatismo. Ya no importa lo que los personajes tengan que decir, si no si van a salir vivos de esa situación. El problema es que parece que esta máxima dramática ha calado hondo en numerosos gobernantes y organismos internacionales que permiten que el comercio de armas ligeras prolifere sin control.

Actualmente, cerca de dos millones de armas de fuego circulan legal e ilegalmente solo en Centroamérica. Las armas ligeras son las causantes de al menos medio millón de muertes, una por minuto. La mitad de esas muertes ocurre en lugares en guerra, pero la otra mitad acontece en sitios “en paz”, como Río de Janeiro o Mazatlán.

La presencia de armas genera un clima de miedo que, a su vez, provoca el aumento de la demanda. Se crea así un círculo vicioso del que es difícil salir: grupos e individuos inseguros deciden armarse con el fin de protegerse y sus actos son interpretados como una amenaza por otros que, a su vez, también se arman. Esta ley se aplica con igual exactitud tanto a los conflictos entre países como a los que existen entre vecinos. Sin embargo, sigue persistiendo la creencia de que las armas aumentan la seguridad, cuando en realidad son bombas en estado embrionario que están esperando el contexto propicio para detonarse.

Ninguna región en el mundo sufre los niveles de violencia por delincuencia y criminalidad común como en Latinoamérica. Se puede argumentar que las armas no son malas en sí, sino que lo malo es el uso que hacemos de ellas. La realidad está ahí, si a un contexto de pobreza le sumas el fácil acceso a la posesión de armas, la inseguridad y la delincuencia aumentan y, con ellas, disminuye el nivel de desarrollo.

En un mundo donde la lucha contra el terrorismo se ha convertido en la máxima de actuación, todavía no existe ninguna ley internacional que regule el mercado de armas ligeras, a pesar de que maten y mutilen a diario en todos los lugares del planeta. A menos que los gobiernos actúen para detener su proliferación, las bombas seguirán estallándonos en la mano todos los días. Se perderán más vidas, se cometerán más violaciones de derechos humanos y se negará a más personas la oportunidad de una vida digna.

Edición Impresa

Viernes 31 de julio de 2026

Más leídas