Una casa dividida
Una casa dividida, no puede subsistir; parábola del Nuevo Testamento que fuera utilizada por Abraham Lincoln para caracterizar la división, en ese entonces, de su país. Una nación dividida entre hombres libres y entre esclavos. En nuestro país, afortunadamente, el pueblo no se encuentra dividido, pero una serena consideración de los últimos acontecimientos nos haría pensar en un Estado dividido. Y no nos referimos, por supuesto, a esa armónica separación que debe haber entre sus distintos órganos, sabiamente establecida por la Carta Magna. No. Nos referimos más bien al hecho histórico de aquellas voces del Estado que se vuelcan hoy contra el propio Estado del cual forman parte.
Cuando ocurre algún abuso de poder, sea cualquiera su naturaleza, no es el propio Estado, de donde dicho abuso pudiera proceder, el que está llamado, en todo caso, a emanciparse contra posibles violaciones del Derecho derivadas de un abuso. Remontándonos, una vez más, a la Palabra, sería como un demonio que se dosifica él mismo un grado de exorcización contra sí mismo. Las manifestaciones contra cualquier abuso del poder público solo puede liderarlas el poder público en esencia y no así aquellos que lo ejercen o administran.
Así ha sucedido a lo largo de ese recorrer de nuestra historia. Por eso, la respuesta de los miembros del poblado del Cacao en Penonomé ante su arbitraria destrucción por parte del Gobierno Conservador de ese entonces fue genuina y contundente: las quinientas víctimas de abuso proclamaron su lealtad total a Victoriano, en un despliegue de poder público genuino por aquellos de quienes proviene de manera natural.
Abogado