Una educación chantajista
Huele a extorsión. No termino de entender sobre qué fundamento algunos colegios privados o particulares exigen a los padres de familia ciertas y considerables sumas de dinero a efectos de poder ingresar a sus acudidos en dichos planteles educativos. En algunos se habla de mil dólares, en otros de cuatro y siete, llegando otros, incluso, a cobrar sumas en el orden de 10 y 15 mil dólares.
Te advierten que no es una exigencia, pero se pide la “colaboración” para el plantel o colegio. No son pocos los que caen en dicho pedido, pues engrosadas sus economías, poco o nada les importa atender el pedido de “donación”, palabra con la que se trata de esconder lo que, a mi modesto juicio, es un verdadero atraco.
Hay que advertir que esa “donación” es total y absolutamente distinta al pago de la matrícula que, en todos los casos, está por encima de los 400 balboas mensuales y rayando en otros a los mil.
En estos colegios o planteles se hace mucho alarde de “la alta calidad de la educación” o que “enseñamos un buen inglés” y también se oferta, tal vez, el mejor anzuelo: “No mandamos tareas para la casa, el niño tiene que hacer todo aquí y dirigido por un maestro o maestra”.
En una sociedad, como la nuestra, en donde generalmente trabaja madre y padre de familia, es obvio que este seductor atractivo “no dejamos tareas para la casa”, se ha convertido en una especie de búsqueda permanente de muchos, pues, de seguro, no pueden atender a los niños y niñas, máxime cuando se llega a la casa pasadas las seis de la tarde.
Pero debemos decirlo, por otra parte, existen buenos y excelentes planteles en los que nada de esto se exige ni se oferta, simplemente se admite, previos mínimos requisitos a cumplir por el alumno.
¿En dónde, luego, está el problema? Sencillo: la educación pareciera convertirse, en no pocos planteles de mi país, en un filibusterismo perverso que connota solicitudes inmorales, antiéticas, indecentes y que relega las igualdades en las oportunidades a cientos de miles de niños y niñas. A veces un padre, haciendo el mayor esfuerzo, puede pagar la matrícula, pero no puede satisfacer esas exigencias de donativos que rebasan toda racional posibilidad de poderlas cumplir ante el plantel.
Llamo la atención a las autoridades educativas sobre este particular. Y que no se nos venga con el trillado argumento de que eso es “libre oferta y demanda”. No, sencillamente, esto es un descaro con ribetes mayúsculos, es una actitud desleal, perversa y que trastoca los nobles ideales y fines altruistas de la educación.
Abogado.