Una educación errante y sin fines
Una educación e instrucción sin principios ni valores siempre marchará a la deriva, de tumbo en tumbo, hueca, llevada por los vientos del mal a donde quiera y, de seguro, terminará destruyéndose, ya que un hombre instruido no necesariamente es un hombre de valores.
Desde hace ya varios lustros se ha venido insistiendo mucho, y por no pocas voces autorizadas en el plano de la educación, en la necesidad de dotar a la educación panameña de valores, principios. Es decir, de todo un catálogo de principios y reglas éticas que enrumben a nuestros estudiantes hacia una auténtica filosofía de vida.
De pronto, se dispone de una perspectiva de la educación, pero a la que nos estamos refiriendo no es otra que aquella que persiga, vehementemente, que el ser panameño conozca hacia dónde se proyecta y, en lo fundamental, cómo se proyecta, sobre qué bases construye su futuro profesional, su desarrollo personal; que le indique al estudiante cuáles deben ser los principios que rijan su comportamiento familiar, social, etcétera.
Nuestros estudiantes, generalmente, ingresan a las aulas universitarias sin disponer de un sentido orientador de vida y desconocen nociones elementales de filosofía, de cívica, de gobierno, y se aproximan más al esnobismo y a la cultura relativa, ambos modos de vida caracterizados por la superficialidad y la indiferencia hacia sus congéneres, amén de una alta dosis de materialismo y consumismo perversos que destruyen todo llamado de ¡alto! o de es momento de hacer una pausa y reflexionar en torno a la idea de hacia dónde nos dirigimos.
Todo lo anterior, sin entrar a analizar siquiera las competencias baladíes y destructivas que suelen darse entre nuestros estudiantes por llamar más la atención en cosas superficiales y que vienen impuestas por la cultura cibernética y la comunicación de la era digital. Referimos, a guisa de ejemplo, las siguientes: Quién exhibe el celular más avanzado y costoso; el mejor par de zapatillas; la correa de marca o los zapatos yeyés; y entre las chicas no quedan por fuera competencias como: el mejor peinado, el mejor tinte de cabello, las uñas pintadas con símbolos o dibujos de lo último y, cuando no, la alarma en el colegio de que tal o cual chica ha quedado embarazada, quedándose el asombro o la impresión tan solo en la noticia, sin que hayamos sido capaces de adoptar conciencia plena del problema y encarar la situación con madurez y seriedad de entes responsables.
Si nuestros estudiantes fallan, somos nosotros, los padres, los que estamos, en realidad, fallando. No hemos sido capaces de darle continuidad a la familia, de mantener los lazos fundamentales que cohesionan a la familia; hemos abandonado la convivencia familiar, el respeto conyugal; a Dios lo hemos echado de nuestros hogares y en lugar de predicar con el ejemplo, hemos llevado a nuestros hijos a ser partícipes de una sociedad en decadencia, quedándonos tan solamente impávidos y, cuando no, indiferentes.
A Dios, a Jesús, su Hijo, que hasta hace poco era el santo y la seña de una sociedad y de una familia cohesionadas por altos valores espirituales; sin embargo, a Dios lo hemos suplantado por el dios Pluto dios de las riquezas, del dinero y nuestros hijos han comprado el mensaje de que lo más importante en la vida es tener plata, el cómo no importa, en lugar de sacrificarse, luchar, estudiar y trabajar para construir un nombre y un prestigio sólidos que les permita servir bien a Dios, a la familia y a la sociedad que los ha visto crecer.
Un hombre sin principios de vida, es una vida errante, desorientada, hueca. Víctima fácil del mal y de las tentaciones. Almas que sucumbirán inmediatamente a las pruebas porque no tienen las voces poderosas, en sus vidas, de los principios que les pregonen, en alta voz, qué es lo bueno y qué es lo malo.
Una educación errante es aquella que no ha logrado conquistar la mente ni la inteligencia de los estudiantes para hacerlas fecundas, productivas, autorizadas, respetables, admirables y, en su defecto, es la que ha hecho de nuestra juventud una viva imagen de la mediocridad, la incompetencia, espíritus apocados, genuflexos, deprimidos, antes que entes que deben propender, siempre, a la grandeza como centro especial de la dimensión grandiosa en que Dios nos ha puesto.
Las autoridades de educación, en nuestro país, deben hacer un alto, pues es necesario y oportuno que reflexionen sobre la educación y la necesidad de que esta sea revestida de principios filosóficos, de más moral y ética que gobierne el pensamiento crítico, científico, altruista, solidario, temeroso de Dios y amante de la humanidad.
Solo una educación pletórica de inspiración, de amor por la vida, encaminada a hacer siempre el bien, a cultivar lo bueno, a ser mejores, podrá salvar a la Patria.