Una forma de vida
Prof. emérito de la U. Complutense de Madrid
Del mismo modo que la caída del muro de Berlín sorprendió a los expertos y a los profesionales de los medios, es probable que esa nueva revolución se esté produciendo, aunque no la percibamos.
Los más importantes acontecimientos en favor de la dignidad humana, como las grandes religiones o el movimiento obrero, fueron iniciativas solidarias de voluntarios que arriesgaron sus vidas y apostaron por la utopía con gratuidad y entrega a los demás. Lo que ahogó sus señas de identidad y su capacidad de arrastre fueron la burocracia política o eclesiástica. La recuperación de sus orígenes pasa por recrear el voluntariado y reinventar aquellos procesos que en la tradición obrera se llamaron militancia y autogestión y, en la tradición eclesial, compromiso y entrega.
Esta forma de compromiso social, a diferencia de otras no menos válidas de ayuda a los demás, nace de la experiencia de soledad y de la conciencia de injusticia social que lleva a una responsabilidad solidaria. El Estado de Bienestar debilitó la tradición del voluntariado pretendiendo que los poderes públicos eran los únicos sujetos de la vida social, que la relación laboral era la única acreditada y que los especialistas desplazaban a la acción competente nacida de la iniciativa ciudadana.
La lucha por la participación y contra la desigualdad no es una tarea individual, sino de grupos y redes. Las organizaciones de la sociedad civil las integran ciudadanos dispuestos a ejercer sus derechos y a participar en la transformación de unas estructuras sociales injustas.
Debemos fomentar redes de compromiso y participación que faciliten la comunicación y el conocimiento mutuo. Redes horizontales como las del voluntariado, las asociaciones vecinales pueden fomentar los valores de la solidaridad, la confianza, la cooperación y la comprensión. Con ello se favorece el diálogo para tratar los problemas comunes y se pueden diseñar estrategias para transformar la sociedad.
La solidaridad supone cambios estructurales que transformen nuestra sociedad y nos abran a un futuro sostenible. La solidaridad se forja cuando comprometemos nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros conocimientos y nuestra voluntad para cambiar una sociedad que no nos gusta por otra más humana y más justa.
Donde las estructuras son injustas, el derecho de resistencia se convierte en un deber, y el no ejercerlo nos hace cómplices de sus consecuencias.