Una intelectualidad que se niega a sí misma
Siempre, en diversas épocas, ha habido complicidad entreguista de no pocos intelectuales para con quienes detentan el poder político. Los que ejercen el gobierno gustan y suelen hacerse de intelectuales que, con sus intervenciones, expresión de opiniones, la emisión de criterios, etc., les den respaldo y sustento a sus políticas de gobierno y, sin duda alguna, nada mejor que hacerse de un intelectual para fortalecer tal o cual política, plan, programa, etc., así sea pernicioso o equivocado.
Ahora bien, la cuestión ética transita también por configurar al propio intelectual. Los hay quienes se entregan al poder para vivir cómodamente, o con la aspiración de ser nombrado en uno u otro cargo del gobierno de turno, cuestión que es pasajera e ilusa, prueba de ello lo que se vive en la actualidad del acontecer político panameño, tras lo que mal ha sido llamado una penosa “rendición de cuentas”, que para los detractores del gobierno pasado, solo arranca con Martinelli y se olvidan de las desgreñadas administraciones anteriores, salvaguardando a lo mucho uno o dos de ellas, pero siempre arrastrando, el síndrome de la corrupción en uno u otro caso.
Intelectuales que callan o silencian. Nunca dicen nada, nada opinan. Sin embargo, en las aulas universitarias, muchos de ellos docentes, se empinan en la crítica, cosa que no es mala, pero no se atreven a hablar o decir las cosas públicamente, simplemente porque tienen miedo, se niegan a la renunciación del “propio yo” y deciden, repito, guardar silencio.
Ostentan un saber, un conocimiento, que nada aporta o en nada contribuye a la sociedad, se trata de un saber intramuros y con ellos la universidad pierde su alto sentido de uniformadora y orientadora de la opinión publica.
La universidad siempre debe sentar cátedra, irradiar luz, encaminarse hacia el saber. Pero un saber que se queda intramuros, nada construye, nada edifica, nada sugiere, en nada soluciona.
Intelectuales que se mantienen guardados, archivados, son tímidos, opacados, hasta cobardes. Saben cuando las cosas andan bien o mal; sin embargo, no son capaces de comunicar una idea y que ella brille en el firmamento de la ignorancia de muchos.
Cuánto bien harían a la nación que la real intelectualidad panameña salga a hablar, a decir las cosas. Pero no es así, solo unos cuantos salimos a hablar, a orientar.
Esos cuantos, que somos pocos, nos atrevemos a denunciar, a hablar, sin temor a nada. Todo tiempo pasado, gris o negro, no puede ser superado por ningún otro en este país y los panameños no podemos permitirnos tiempos de nubarrones, nunca jamás.
Los panameños, hoy más que nunca, hemos aprendido la lección de que los derechos humanos, el Estado de Derecho, están por encima de todo gobierno y que ningún mandatario puede creerse o estimarse que puede soliviantarlos, pisotearlos, destruirlos, mermarlos.
No puede ser cierto que ciertos intelectuales acomoden sus criterios jurídicos, sociológicos, políticos, constitucionales para agradar al gobernante de turno mientras tanto hacen muequitas o morisquetas para ser nombrado en tal o cual posición.
Ya hemos visto que no pocos han sido enquistados en puestos clave, hoy como ayer, y hasta allí les llegó el espíritu altruista de orientar a la opinión pública, hasta allí se les acabó toda actividad de crítica racional y constante contra todo aquello que suena o huela mal.
El intelectual panameño, sin duda alguna, debe tomar conciencia de que se le requiere en la construcción de los valores cívicos, morales, éticos, de la patria.
Que la patria exige su servicio, su disposición constante y permanente a servir. Que a la patria nunca se le ponen condiciones y que a la patria se le entregan las cosas mejores, siendo una de ellas, sin duda alguna, nuestra propia intelectualidad incondicional y altruista.
Nada bueno les ha acontecido a los intelectuales que, en diversas épocas, han traficado con el conocimiento y cómodamente emiten criterios u opiniones, repito, para favorecer el gobierno de turno, pasan, son efímeros, mal recordados, y, tristemente, al final de cuentas, nadie los recordará como cosa buena.
Es hora de que la real y auténtica intelectualidad panameña salga a ocupar los espacios de los perorateros; a hacer análisis serios y objetivos sin que tiendan o se inclinen en la búsqueda del aplauso o la aceptación de ciertos destinatarios. Se trata, merced a esa intelectualidad, de poner las cosas en su lugar.
No puede ser cierto que esa intelectualidad renuncie a su misión histórica. Que desconozca la regla de que el saber es poder. Quien sabe tiene poder. Poder para destruir a la mediocridad; poder para suplantar la mentira y la falacia de cualquier argumento que se presenta como supuesta verdad.