Una joven que conoció a Jesús
Eran las 11:45 p.m. y el bullicio en la discoteca era grande. Era una discoteca para personas con dinero, situada en un barrio exclusivo de una capital centroamericana. En eso, a la medianoche, entra un joven de unos 27 años con dos guardaespaldas y se colocan en una de las mesas. Aparece una de las jóvenes y se le sienta en las piernas. Comienzan a hablar y a besarse. A los 15 minutos entra otro hombre, este de unos 34 años y se les acerca. Le reclama a la muchacha qué es lo que está haciendo. Ella se levanta y lo insulta. Uno de los guardaespaldas se pone en pie y lo empuja. Este hombre le lanza un golpe a la cara y lo derriba. El otro guardaespaldas saca su pistola y le da un balazo y cae derribado en el piso. Empieza la estampida de la mayoría. El tipo con sus guardaespaldas huye. La muchacha está arrodillada llorando ante el hombre que está tirado en el suelo. Era su hermano. La joven empieza a gritar desesperadamente.
Pedro, hermano mayor de Ana, veía desde hace años cómo ella se iba deteriorando moralmente por culpa de sus amigos. Los padres de ella le permitieron desde muy jovencita el uso de dinero y salidas a fiestas sin casi control. Ana comienza una vida libertina, siempre cuidándose de no quedar embarazada. Con sus novios acababa en la cama y nunca tuvo una relación estable. Ella tenía 23 años y tuvo que ir a declarar a la policía y denunciar a su amigo y a los guardaespaldas. Pedro, el fallecido, había sacado su carrera y era un joven brillante, muy trabajador, próximo a casarse. Otra hermana ya se había casado y era gerente de una empresa familiar. El joven con quien ella estaba en la discoteca era hijo de una familia pudiente, pero cayó en malos pasos y se dedicaba a lavar dinero.
Ana estuvo deprimida como un año y medio, sin salir casi de la casa, dejando sus estudios y comunicándose con pocas personas. Un día, esperando cita con el médico en una clínica, conoce una muchacha, Jessica, que le habla de Dios y también sus experiencias en el mundo de las drogas y cómo había conocido a Cristo Jesús. Se hicieron grandes amigas. Ana empezó a ir a misa y asistir a un grupo de un movimiento laical de la Iglesia. Creyó firmemente que Cristo resucitó y que Pedro también ha resucitado. Que su hermano muere por ella, como Cristo murió por nosotros. Terminó sus estudios. Trabaja también en la empresa del papá. Sigue siendo soltera, nunca más ha probado una gota de licor. Dejó sus malas amistades. Sus amigos son gente de Iglesia. Los padres comprendieron el gran error que cometieron con Ana dándole muchas cosas, sin estar pendientes de su vida. Ellos le han pedido perdón a ella por eso y ella también se reconcilió con ellos aceptando sus errores. Todas las semanas va un día a visitar la tumba de Pedro y se la ve arrodillada llorando y orando al Señor con quien ella tiene una profunda relación y con quien es invencible.
Monseñor