Una lengua con futuro
Jorge De Las Casas
opinion@epasa.com
El español se fortalece día a día. La lengua que heredamos de Castilla y que hoy llamamos —como desde hace mucho— castellano o español, nos vincula cada día más. A través de la televisión internacional y los contenidos de internet se difunde vigorosa y expande sus matices expresivos que, desde México hasta la Tierra del Fuego, llenan los aires con acentos diversos, moldeados por tonos altos y bajos, rápidos y lentos, según la latitud en que moran sus hablantes. Así, una armonía de voces une nuestro continente y allende el océano reconoce sus raíces en la Península Ibérica.
En la expansión forzada por la Conquista, primero, y promovida por la difusión cultural, después, el idioma fue aparato de cohesión y ni las duras gestas de independencia de la Metrópoli lo hicieron retroceder. América lo retuvo, lo renovó y lo enriqueció.
Hoy es el idioma de más de 400 millones de hablantes. Puso una pica en África (Guinea Ecuatorial y territorios del Sahara español o Río de Oro), otra en el Pacífico Oriental (Filipinas) y una tercera en territorio anglosajón (los Estados Unidos o Estados Unidos, que de ambas formas se dice bien).
Es magnífico el auge del español, lo que implica: mayor disponibilidad de recursos educativos en nuestra lengua (cada vez más páginas cibernéticas se escriben en español con saberes técnológicos, culturales y científicos); un creciente número de personas puede comunicarse y lo hace en la lengua castellana; y el reconocimiento de nuestra cultura, valores e identidad como naciones herederas de España. Estos valores no son necesaria y absolutamente idénticos porque los pueblos reciben diversas influencias. Pero el idioma sirve para unir y expresar lo que tenemos en común, y para matizarlo.
Tiene, pues, sentido preguntarse si como vínculo de unidad y de expresión de valores y conocimientos no debería protegerse la unidad del idioma. Por supuesto. El idioma debe ser conocido, bien usado, enriquecido y protegido por todos los que se sirven de él.
