Una mejor calidad de vida
En un mundo cada vez más acuciado por las alzas y bajas que muestra el mercado mundial, la equidad en las relaciones cotidianas, sean estas profesionales, comerciales, amistosas o de cualquier otra índole, resulta obligante. Las necesidades sociales en general nos reclaman una cadena de solidaridades, a fin de lograr en medio de todos los vaivenes económicos una mejor calidad de vida para la mayor cantidad de ciudadanos posible.
Las sociedades, asociaciones, organizaciones no gubernamentales, fundaciones y demás formas de organización social están llamadas a contribuir al bien común y al equilibrio en las relaciones de convivencia social, a fin de mantener una concordia que convoque al desarrollo, hermano de la paz. Naturalmente, esta tarea de todos los asociados hace imperativa la obligación personal de buscar la autorrealización, de contribuir a través de la autogestión al progreso de la comunidad, ya que la rueda del progreso tiene entre sus elementos fundamentales la búsqueda de la superación a través del esfuerzo personal, que, claro, debe estar sustentado en un marco institucional que contribuya a que la iniciativa personal encuentre arraigo en un ambiente abonado para que la semilla echada al surco fructifique, ya que el terreno fue preparado para ello.
LAS ORGANIZACIONES NO GUBERNAMENTALES ESTÁN LLAMADAS A CONTRIBUIR AL BIEN COMÚN Y AL EQUILIBRIO EN LAS RELACIONES DE CONVIVENCIA SOCIAL
En la práctica, todos estamos llamados a garantizar el progreso. Y tengamos claro que si bien la caridad es una práctica obligante -que debe ser ininterrumpida y permanente-, en manera alguna constituye una fórmula para un progreso social sostenible, ya que cada individuo, cada célula de la sociedad, debe hacer su parte para lograr que la mayoría sea beneficiada a causa de un esfuerzo colectivo organizado, planificado y firme.
Y es que las calles no pueden huir, ni la gente tampoco; vivimos en la misma ciudad, en la misma provincia, en el mismo país en que codiciamos no cambiar la calma ni la calidad de vida. Recordemos la ciudad que imaginamos en nuestro interior; probemos hacerla una realidad, pero eso no ocurrirá por generación espontánea, sino con el concurso de todas las personas que creemos que al final del arcoíris podemos construir un mundo distinto por obra y gracia de una decidida voluntad colectiva, para lo cual es indispensable la decisión de todos los asociados.