¿Una política de paz desde Estados Unidos?
La estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Obama está llena de novedades. El “Yes, we can” impregna el contenido de dicho documento, que echa por la borda cualquier atisbo de la política imperial del pasado, en particular la exterior, y sienta las bases de una nueva manera de entender el mundo y de relacionarse con él.
El documento incluso finaliza con una apelación a la imaginación moral, un concepto divulgado por el investigador para la paz John Paul Lederach, y que se refiere a la capacidad de innovar para la paz a partir de la constancia y la mentalidad abierta.
Al margen de ese orgullo, la nueva estrategia nacional estadounidense tiene más parecido a un documento del sistema de Naciones Unidas que a los antiguos documentos elaborados por el Pentágono o la CIA. La apuesta por la acción colectiva, el consenso, la prevención de conflictos, la promoción de África, hacer frente al cambio climático, aceptar a los países emergentes, promover los derechos humanos y las normas internacionales, invertir en diplomacia y en desarrollo, etc., son aspectos que en teoría han de hacerse compatibles con los intereses nacionales estadounidenses y con los tres valores que el documento en cuestión defiende: dignidad, tolerancia e igualdad entre todos.
El documento dedica especial atención a las amenazas más inmediatas producidas por Al-Qaeda y a los contextos conflictivos de Irak y Afganistán. Hay un capítulo especial dedicado al conflicto entre Israel y Palestina, con una mención expresa a la urgencia de crear dos estados que se respeten y puedan convivir con seguridad y prosperidad.
Se menciona igualmente a Sudán, tanto para que no se malogre el Acuerdo de Paz de 2005 como para conseguir la paz en la región de Darfur. Un caso urgente es el del Kurdistán, completamente estancado o en fase de retroceso, que podría coger nuevos impulsos si Estados Unidos ofreciera sus buenos oficios para abrir un diálogo sincero entre los kurdos y el Gobierno de Ankara.
Turquía es un fiel aliado de Estados Unidos, y esto debería ser aliciente para implicarse más en el conflicto de Chipre, para que quede definitivamente resuelto por la vía del diálogo.
No muy lejos de este escenario, Estados Unidos es miembro del Grupo de Minsk de la OSCE que actúa de facilitadora en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj. El llamado “documento de Madrid”, prometedor y lleno de realismo, que permitiría encontrar una salida a este viejo contencioso. Un empujón de Estados Unidos sería decisivo para resolver este conflicto.
En el continente asiático, Estados Unidos podría jugar un papel importante en la promoción de las medidas de confianza que se intercambian India y Pakistán para resolver el conflicto de Cachemira.
También podría usar su ascendencia sobre Filipinas para fortalecer los actuales diálogos del gobierno filipino con el Frente Moro de Liberación Islámica y los que puedan consolidarse con el Nuevo Ejército del Pueblo.
Finalmente, Estados Unidos puede jugar un papel decisivo en el desbloqueo de la situación del Sáhara Occidental, en la medida en que tiene ascendencia sobre Marruecos y el Frente Polisario ve con buenos ojos que el enviado especial del secretario general de Naciones Unidas sea estadounidense.
Son sólo algunos ejemplos de actuaciones que el Departamento de Estado podría fortalecer en los próximos tiempos, y que podrían convertir a EE.UU. en un país con mayor liderazgo en la promoción de la paz internacional.
