¡Urge un cambio de rumbo!
Cuando se produce el cambio de gobierno, en julio de 2009, la percepción dominante fue que el “Gobierno del Cambio” reunía varias de las características que se necesitaban para rediseñar la gestión gubernamental con el fin de darle mayor organicidad y coherencia. Fue evidente que el señor Ricardo Martinelli asumía como jefe de Estado con amplias facultades de conducción, con la compleja tarea de mover el Ejecutivo en una dirección clara y productiva, en la que, en lo posible, no hubiera zonas de indefinición o de conflicto interno.
Al transcurrir el primer año de gobierno, ha quedado en evidencia (aunque se han tomado algunas medidas de avance en el aspecto social), la supuesta duda de que es un gobierno de acción, que entiende que la tarea de gobernar implica fijar prioridades, actuar con realismo, anticiparse a los conflictos y tomar posición frente a los problemas. Ejemplo de esto último fue su decisión frente al problema de Bocas del Toro. Urge un “cambio de rumbo”, lo que implica saber optar frente a las posibilidades concretas que tiene el país en materia energética, de educación, salud, seguridad, transporte y el grave problema de la canasta básica familiar.
Se supone que el problema del transporte público continuará por lo que resta del año 2010 (seguiremos con el sistema calamitoso de los “diablos rojos”), pero no faltarán otros. La sequía es uno de ellos. El conflicto de Bocas del Toro, no resuelto aún, es otro. Quizás habrá nuevas turbulencias económicas de origen externo. ¡Y siempre surgen los imprevistos y las emergencias! Lo que importa es el criterio con que se enfrenten las dificultades y la voluntad de encontrarles la mejor solución posible. Para ello es determinante el sentido de orientación. Hay que aprovechar la capacidad instalada del Estado, para lo cual los ministros y los jefes de servicio tienen que combatir el nepotismo, la corrupción, la mediocridad y la inercia del burocratismo.
Se dice que “lo político” domina ahora sobre “lo técnico” en la gestión gubernamental. Hay que evitar las simplificaciones. Nada garantiza que el hecho de privilegiar lo político asegure buenos resultados. Todo dependerá de la calidad de las decisiones, de la posibilidad de que ellas resguarden el interés nacional adecuadamente, lo cual no libera a quienes las adopten de pedir consejos a los expertos. El ejercicio del poder exige integrar todos los factores, incluido por cierto el conocimiento calificado. Muchas veces se confunde la preeminencia de la política con la subordinación al partidismo. En realidad, es precisamente lo contrario. Reivindicar el valor de la política significa trascender el espíritu de capilla o de bando, defender resueltamente el bien común, alentar los grandes acuerdos.
