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Valores: La transfiguración de la esperanza


Alberto Valdés Tola (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

La afirmación de que vivimos en sociedades deístas (que creen en la existencia de un dios) parece ser válida y evidente. Solo se debe observar las magnánimas edificaciones arquitectónicas, llámense catedrales, templos, mezquitas, etc., para saber que vivimos en un mundo constituido por uno o varios imaginarios religiosos. Ahora bien, y sin perder de vista el hecho de que todos estos monumentos y dogmas espirituales son la manifestación material e inmaterial de una congregación o comunidad de feligreses, que ha puesto su fe y esperanza en manos de ritos, sacerdotes , santos, etc., no debemos tampoco perder de vista que vivimos en tiempos modernos (siglo XXI), en los que el hombre ha transfigurado sus valores axiológicos más allá de los axiomas religiosos tradicionales. Lo que ha generado o desgenerado (para algunos), no solo la imagen del hombre (como reflejo de Dios), sino su propia pragmática de vida.

Ahora bien, las ideas religiosas no solo han constituido un precedente normativo en la historia de la humanidad, gobernando las almas (estructuras mentales), gobiernos y Estados (principalmente en la Edad Media), sino que han definido la misma moral de las sociedades. Así, es precisamente esto último lo que entra en contradicción directa con el espíritu pluridimensional y racional de estos tiempos, en el que todo está sujeto a la redefinición sociocultural.

No debe confundirse esta suerte de nueva racionalidad como un intento revolucionario indirecto por desmantelar las instituciones religiosas, sino, en cambio, como un renacimiento antropocéntrico que exige el reconocimiento de lo humano, por encima de lo institucional. De esta manera, el ser humano se constituye en esencia de Dios (sustancia), al tiempo que se reconoce a sí mismo en él y en sus semejantes.

Pensadores paradigmáticos e intempestivos, en términos espirituales (no religiosos), como Moisés, Jesús de Nazaret, Buda y Mahoma (por nombrar solo algunos), han constituido modelos existenciales de sabiduría y espiritualidad (referentes de fe, no de religión). Sin embargo, a pesar de haber sido estos los supuestos pilares referenciales de las principales religiones del mundo (judaísmo, cristianismo, islamismo y el budismo), estas últimas no han logrado forjar una humanidad carente de prejuicios, solidaria y respetuosa para con sus semejantes. Lo que sí han logrado (sin lugar a duda o especulación), es edificar y reforzar cada día la más lamentable división socioreligiosa entre los seres humanos.

Ahora bien, algunos advenedizos, moralistas y religiosos trasnochados alegan que esta ambivalencia sociocultural es el producto de procesos sociológicos impulsados globalmente por grupos de identidad cuestionable o alternativa, entre los cuales se pudiera citar el feminismo (en su expresión más radical), los grupos de “gays” y de lesbianas pro-derechos, los movimientos pro-aborto, e, incluso, fracciones étnicas e indígenas que luchan por la preservación y respeto de sus imaginarios tradicionales (distantes de las ideas sacrosantas de oriente y occidente), entre otros muchos ejemplos. No obstante, la problemática es mucho más compleja, ya que no son estos grupos variopintos los llamados a ser culpados (han sido las víctimas), sino todo un proceso sociohistórico universal que busca la emancipación de las metanarraciones (esquemas ideológicos totalizadores que pretenden organizar y explicar la realidad sociocultural), como lo son la idea de nación, raza, civilización y religión.

La religión como metanarración ha sido culpable, en muchos casos, de haber generado procesos de desigualdad y exclusión social a lo largo de la historia, de forma que tan solo hace unas décadas muchos grupos parias (por llamarlos de algún modo) han podido ver un nuevo amanecer para sus reivindicaciones existenciales. Ahora, individuos que de antaño eran señalados y estigmatizados por su visión de mundo (ideas), su género u orientación sexual, su mismo modus vivendi particular, etc., han podido manifestarse libremente sin ataduras morales o religiosas.

De esta forma, y sin abogar por una religión civil al mejor estilo de Rousseau, debemos contemplar la idea de que vivimos en un universo de derechos civiles, políticos y sociales en el que todos somos muy humanos (independientemente de los credos e ideas respecto de la divinidad), único rasgo y premisa de universalidad dentro de un océano de particularidades individuales y grupales, lo que nos debería llevar a la conclusión de que es posible que las religiones no sean la manera de alcanzar la salvación y la redención de nuestra alma como humanidad, sino en cambio, posiblemente esto se alcance por medio de la tolerancia, la solidaridad y la justicia para con todos. Lo que nos llevaría a una transfiguración de la esperanza.

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Viernes 14 de agosto de 2026