Varelismo y expropiación de los derechos ciudadanos
Tengo en mis manos la Constitución Política de Panamá, y me doy cuenta de que en la actualidad no tiene valor alguno en el teatro social del varelismo y su represión fraterna. Las razones son diversas, pero una es sustancial, los rencores pueden acabar con un gobierno con mayor velocidad que con los adversarios del presidente.
Se ha encarcelado y reprimido la disensión como en cualquier dictadura, nos impuso un discurso de odios, de resentimientos en el que se es blanco o negro y, créanme, los últimos como siempre llevamos la peor parte, por eso, José Raúl estuvo, por ello Bolita continúa en tormento. Sin embargo, los que tienen padrino como Córdoba, Vallarino, Cárdenas, Fonseca, etc. son habitantes del paraíso denominado la Hacienda Panamá. Este sitio idílico en donde se puede defraudar la confianza de un país negociando (con tratantes de blancas, traficantes de personas, armas o estupefacientes o con la salud o el patrimonio del Estado) si se es amigo o copartidario, se está desmoronando y degradando a tales niveles que cuando despertemos seremos una estrella en la bandera de los Estados Unidos. ¿Por qué? Simple, no nos comportamos como un Estado libre y soberano. Cuando debemos exigir, lo que hacemos es rogar. Y además, nos dicen que debemos agradecerles.
Los términos e instituciones constitucionales fallecen ante el empuje de la voluntad de los núcleos de poder económicos. Han expropiado a los panameños el derecho de pensar, sentir y querer lo que les convenga, primero hay que atender a ¿qué le conviene al patrón del Istmo, el general de nueve estrellas?, si quieres hacerte el listo y preguntar, ¿de quién hablo?, la respuesta es clara, el Grupo Motta.
Dicen que no me conviene escribir así, pero cuando los medios (con pocas excepciones) pertenecen al opresor ¿qué hace el hombre de principios?, pues bien, deja plasmado para la posteridad su parecer. ¿Qué pueden hacer?, fabricarme una mentira más. No les temo. Hace una década lo hicieron y los confronté.
Conculcan derechos, amasan fortunas y se dicen honestos. Lo peor es que la sociedad sigue celebrando carnaval sin agua, con influenza y sin futuro. Parece que les expropiaron también el amor al país y su dignidad. ¿Será?