Varelismo y Panamá, dos países en un solo istmo
Sentado frente al mar, reflexiono sobre las cosas importantes que pasan en nuestro país, y llego a la conclusión primera de que son mayores las que no suceden que aquellas por las cuales hubiéramos apostado el voto en favor de esta administración. Suena duro, pero es realidad. Veamos la salud, educación, seguridad, economía, justicia o cualquier segmento del acontecer nacional y preguntemos, ¿qué ha cambiado para bien? Si eres de aquellos ilusos, sempiternos amantes de los desarrollos favorables a los segmentos más humildes, tendrás que coincidir que llevamos dos años a la deriva, sin orientación, de escándalo en escándalo. Somos piezas de un rompecabezas sin fin.
Ahora bien, ¿por qué puede la plutocracia gobernante adjudicarse el derecho de aseverar la existencia de un paraíso ficticio del cual loas y falsedades se desprenden? Esto sucede debido a que los que pudiéramos desmentirles preferimos, simplemente, no decir nada. Permitiendo, a la vez, que la mentira repetida y publicitada, si bien no nos convenza, permita que el ciclo de explotación sea perfecto.
Ubicados en esa esfera de mitos, aprendemos duras lecciones y concitamos la adversión de quienes dependen de nuestra lucidez para orientar su andar. El pueblo no es varelista, pero se aguanta al declamador de falacias aferrados en un hálito de sometimiento democrático absurdo. Sienten que al mencionarle su fracaso estruendoso, pueden convertirse en víctimas como los que han ido al calabozo por ser sus opositores. Y no están alejados de la verdad, pero este conformismo hace gravitar en perjuicio social las medidas despiadadas e insensatas del gobernante. Aprobar por inacción cuando las fuerzas sociales entran en un desbalance en virtud del cual una minoría lo disfruta todo y los demás se resguardan en la comodidad del silencio no es ser democrático, eso se denomina cobardía.
Panamá dista leguas de ser ese oasis de las macrocifras financieras, de las ampliaciones palaciegas y de los contubernios de clase. Aquí, coexisten dos mundos divergentes, el de la suposición y el acomodo y, el signado por la persecución y la pobreza. Se construyen sobre un mismo istmo dos países, dos culturas, dos sociedades. ¿Quién puede opinar en contra? Con certeza, seguro absolutamente nadie, pero como los imberbes de al lado no creen en otras cosas que en sus peregrinas ideas, hemos de recordarles que en estos 76 mil kilómetros cuadrados existe una sola población y en su mayoría nos ratificamos en ser simple pero indubitablemente panameños, libres y soberanos. Que así vuelva a ser, depende de nosotros.
Abogado