A Venero Guerra in memoriam
Para el 14 de diciembre de este año, mi padre cumpliría los 91 años. Somos 11 hermanos, ocho varones y tres mujeres. Fecundo vientre de mi madre buena. Fecundas sus manos pródigas de amor y de ternura, de trabajo y de sacrificios. Fecundo mi padre en honor, integridad y trabajo. En su mente nunca estuvo la palabra pereza ni decir que el cansancio lo agobiaba. Ta solo sabía que el trabajo era la herramienta para prodigar alimentos a los suyos.
Mi padre fue, toda la vida, un hombre cariñoso. Nos dispensó siempre amor y nunca dejaba de conversar con nosotros. Realmente, confieso que, a mi padre, le encantaba conversar con sus hijos e hijas. No le importaba pasar largas horas conversando con nosotros. “Siéntese allí” y ya sabíamos que empezaba a relatarnos las historias de su vida, sus penurias, sus momentos críticos y siempre tenía un espacio para contarnos un chiste y arrancarnos una risa que de nosotros él disfrutaba también a carcajadas.
ERA HOMBRE AMANTE DE LA TIERRA. CUANDO GANABA UNOS REALES DE MÁS, AL HACER LABORES DE JORNALERO, SOLÍA APARECERSE CON UN COLORIDO CORTE DE TELA PARA MI MADRE: “ESTHER, MIRA LO QUE TE COMPRÉ PARA QUE TE MANDES A HACER UN VESTIDO”. MI MADRE LO DISFRUTABA.
Su herramienta de trabajo fueron siempre el machete, la pala y el pico. Era hombre amante de la tierra. Aunque nunca fue dueño de extensiones de tierra, en cada metro del pequeño patrio de nuestros ranchos, moradas que él mismo junto a los hermanos mayores nos hacía, encontraba propicio terreno para la siembra de la yuca, el ñame, el otoe, el poroto, el guandú, maíz y la “jaba”. Todo para el sustento de los suyos.
Cuando ganaba unos reales de más, cosa que muy poco acontecía, al hacer labores de jornalero, solía aparecerse con un colorido corte de tela para mi madre: “Esther, mira lo que te compré para que te mandes a hacer un vestido”. Mi madre lo disfrutaba. No hay mejor muestra del amor que un esposo amoroso, conforme a sus ingresos, le dé muestras de cariño a la compañera de sus días. Siempre mi padre habló con orgullo de todos sus hijos. Al referirse a mi madre, solo decía “es una compañera única, ejemplar”. Elogiaba mucho a mi madre. También se jactaba de decir: “Ningún hijo mío es ladrón o delincuente”. Ese era su éxito, su ejemplar y paradigmático triunfo en la vida. Haber forjado hombres y mujeres de principios, de valores, de una sola textura y materia.
El jueves pasado, 22 de agosto, Luis, el hermano menor, también abogado, siendo como las 5:30 p.m., me llama: “Silvio, dice la doctora que a mi papá hay que trasladarlo a Panamá”. Se encontraba desde el día lunes de esa semana hospitalizado, tras una neumonía severa que le había sobrevenido. “Tráigalo de inmediato, busque una ambulancia”. Yo corrí hacia el Hospital Nacional, a esperar por mi padre. Igual mi hermano Anselmo, abogado también, y allí, ansiosamente, esperábamos a nuestro padre. Transcurrían los minutos, las horas. “Luis, ¿por qué no llegan? “Ya vamos saliendo”. Empecé a considerar que algo pasaba. Al acercarse las 8:00 p.m., recibo la llamada de Luis, roto, desbaratado en llanto doloroso diciéndome: “Silvio, mi papá acaba de morir”.
Quedé en shocktotal, casi mudo. Comuniqué a mi hermano Anselmo. Llamé a mi madre, ella no podía hablar. El llanto la inundaba y solo pude entenderla cuando dijo “se murió mi viejo”. Fue allí cuando desbordé en llanto incontenible. 66 años caminando con mi padre. Era más de la media naranja lo que se le iba a mi madre, era casi toda su vida. Casi la naranja completa.
Sepultamos a mi padre. Sí, pero con la convicción de que está en el paraíso del Señor. Ese mismo día, cuando murió. Creo firmemente en eso. No tengo duda alguna. Armando, cosas de Dios, es el hijo mayor, el primogénito. Al momento en que mi padre, entre tanto dormía profundamente en su enfermedad, auxiliado por un respirador, él se encontraba cuidándolo y pudo escuchar el sórdido y extraño ronquido de quien se despide de este mundo terreno tras la venida de la muerte. Inmediatamente, caminó hacia donde Luis, quien preparaba la ambulancia y le dijo “Luis, ya deja eso, mi papá acaba de fallecer”. Cuenta Armando que mi padre levantó sus brazos al cielo como extendiéndolos a quien esperaba por él: Jesús.
Pido perdón a los lectores por ocupar este espacio hablando de mi padre. Pero me siento obligado a hacerlo como un homenaje a la memoria de quien para mí fue mi ídolo, mi ejemplo de vida, mi maestro y mi guía. Y como dije en el culto de sus honras fúnebres: “Padre, siempre te amaré”. Realmente mi papá fue un hombre ejemplar, de una vida incansable de luchas y de esfuerzos miles.