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Venezuela: La desintegración del chavismo


Mario Castro Arenas (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Hugo Chávez calculó que la reelección indefinida impuesta por su ambición desbocada a los diputados sometidos a su vasallaje lo convertiría en un “monarca sin corona”, como dijo Simón Bolívar en un discurso sobre la Constitución vitalicia, permitiendo que él, en estado de longevidad, retendría el control total de Venezuela, como su paisano Juan Vicente Gómez; los hermanos Castro Ruz, de Cuba; Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana; Alfredo Stroessner, de Paraguay, y otros dictadores de la comarca.

Al advertir que se le iba la vida, recomendó a la carrera que se eligiera candidato presidencial a Nicolás Maduro. Los autócratas son narcisistas: se enamoran de sí mismos y no forman competentes sucesores. A Chávez no le importó la indigencia intelectual del ungido, sino que obedeciera al pie de la letra las consignas políticas del clan Castro Ruz, preocupado antes de otra cosa por la continuidad del suministro petrolífero. La superficialidad de la decisión adoptada en inminente peligro de muerte ha precipitado la desintegración del chavismo.

Empezó con un frustrado golpe de Estado. En la prisión, rumió un amorfo proyecto político. Más adelante, diseñó una colcha de retazos de militarismo populista al que agregó remiendos fascistas y comunistas, con asesoría cubana. El socialismo del siglo XXI fue un enunciado coloidal carente de consistencia ideológica. Solo un zurcido de iconoclastas.

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Abruptamente, en las elecciones, el ungido ha enriquecido el folclore con sesiones públicas de espiritismo, predicciones a lo Walter Mercado, y sorpresivas virtudes de chamanismo para interpretar mensajes políticos a través del gorjeo de pájaros guindados en el alambrado de los postes, no obstante, el racionamiento de energía y la venta subsidiada de la gasolina más barata del mundo. El pauperismo intelectual del ungido, sin o con recuento de votos, ha acelerado el inevitable desmoronamiento del régimen, desencadenando el más grande y rápido éxodo de votos de la historia electoral venezolana.

Calculan que cada vez que hablaba el hombre que habló con los pájaros perdía 50 mil votos. Si la campaña electoral hubiera durado dos meses, la catástrofe chavista habría adquirido proporciones apocalípticas. Bajo tan esotéricas circunstancias, se tornó más imperiosa la ayuda electrónica del Consejo Nacional Electoral, con el aditamento de los tutores de camisa roja del voto asistido que desnaturalizaron el voto secreto a los acordes rugientes de los malandros motorizados que merodeaban los puntos de votación para intimidar a los votantes. Pero la ilegitimidad del escrutinio es un hecho consumado que no lograrán borrar los compadres de la región.

En las facultades de derecho se analiza el turbio proceso de la inconstitucionalidad. Como sostienen los profesores de derecho constitucional, interpretar no es alterar la Constitución. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Castellana asevera que “ interpretar es explicar o declarar el sentido de una cosa, y principalmente el de textos faltos de claridad. La Constitución bolivariana aprobada por diputados chavistas expresa con claridad que vacante la presidencia de la República por muerte y que la presidencia debe ejercerla en forma interina el presidente de los diputados que debe convocar a elecciones en 30 días. Sin embargo, los magistrados interpretaron los artículos constitucionales para entregarle la presidencia interina a quien cesó como vicepresidente, pero fue seleccionado por su docilidad a las consignas cubanas; de esa manera se le dio el desproporcionado poder de ilegítimo jefe de Estado y candidato del oficialismo.

Hubo un vicio de origen para favorecer al elegido por La Habana, que inauguró obras públicas para fortalecer la candidatura con recursos estatales. Después intervinieron la tecnología de Steve Job y la magia de Fu Man Chu para aderezar la contabilidad de los votos.

Nada hay nuevo bajo el sol, mucho menos en el folclore político latinoamericano. Los esbirros de autócratas como Gaspar Rodríguez Francia, Juan Vicente Gómez, Chapita Trujillo, Tacho y Tachito Somoza, y otros más, también contaron votos como si deshojaran margaritas. El pueblo soberano dicta siempre la última palabra, tarde o temprano, cuando los regímenes autocráticos controlan todos los poderes públicos y escarnecen el sufragio, la justicia, la libertad. El pensamiento de Bolívar readquiere actualidad y vigencia en los críticos momentos que desgarran Venezuela: “En el régimen absoluto, el poder autorizado no tiene límites. La voluntad del déspota es la Ley Suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan”. (Discurso de Angostura).

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Viernes 14 de agosto de 2026