Verano festivo: Las fiestas del Carnaval
Pasadas las fiestas religiosas de Navidad y Año Nuevo, en el ambiente se desata un “tsunami” de propaganda de las distintas festividades con que anualmente nuestro pueblo costeño celebra fiestas mundanas mezcladas con celebraciones religiosas. Se multiplican los asuetos, y mucha gente pierde el ritmo de trabajar y la concentración entre tanta celebración.
Festejar en si no es malo. En el domingo pasado en el evangelio de Nuestro Señor aparece invitado a una boda a la cual también estaba invitada su madre, la Virgen María. Con su participación nos demostró que cuando te invitan, por favor, no inventes excusas para no ir. Apoya los esfuerzos por compartir. En Caná también estaban invitados los discípulos de Jesús, cuyo número no nos dice el texto sagrado. Asumo que entre los apóstoles y discípulos serían más de doce, por tanto, este podía haber sido el factor para que escasearan las viandas y concretamente el vino.
Es necesario el esparcimiento, pero que no todo sea fiesta. “Que siga el fiesto”, suelen decir (entre nosotros), dándonos a entender cierta filosofía del ocio excesivo e improductivo. En estos días un empresario, refiriéndose al puente con motivo del 9 de enero, calculó en dólares el dinero que se dejó de producir y afirmaba que con ese dinero perdido en un país necesitado se podía haber construido una escuela, se podría haber dotado de insumos a un hospital y muchas cosas más, obligándonos a pensar en dólares las pérdidas que tiene el país cuando se desborda en festividades.
El capítulo 3 del libro del Eclesiástico nos ambienta en el espíritu en que, yo creo, debemos vivir durante este verano de celebraciones: “Hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerla bajo el cielo. Hay un tiempo para nacer y tiempo para morir, tiempo para plantar y tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para llorar y un tiempo para reír. Un tiempo para los lamentos y otro para las danzas. Un tiempo para lanzar piedras y otro para recogerlas, un tiempo para abrazar y otro para abstenerse de hacerlo, un tiempo para buscar y otro para perder.
Un tiempo para perder, otro para guardar, uno para rasgar y otro para coser, un tiempo para callarse y otro para hablar, un tiempo para amar y otro para odiar, un tiempo para la guerra y otro para la paz. Finalmente, ¿qué le queda al hombre de todos sus afanes? Meditando brevemente sobre estos instantes, al menos durante esta época fiestera no dejamos todo el pellejo, sino que conservamos la salud espiritual y mental.
Tengo que reconocer que últimamente dentro de la publicidad, que invita al gasto cuando se reciben bonos y se entregan los ahorros, se pone la coletilla “No se lo gaste todo y se recuerda que después de las fiestas y celebraciones vienen los tiempos serios inevitables, como son los tiempos escolares con todo lo que sea útiles, cuadernos, las matrículas de las escuelas y los uniformes, y que al final volvemos a tropezar con la misma piedra y se repite el mismo canto lúgubre de que necesito y no tengo, y surgen los desequilibrios económicos y depresiones.
Hay que reconocer que las fiestas del Carnaval son tan antiguas como el país, así que es algo que llevamos en la sangre, sin embargo, destinar dos millones para que sea una fiesta que atraiga al turista, habiendo otras necesidades para las cuales se dice que no hay plata, crea un desasosiego y un malestar contra los que administran la cosa pública.
Cualquiera diría: Estás diciendo “lo mismo del año pasado”. Y es que el Carnaval es lo mismo todos los años; lástima usar dos millones de dólares para que todo se convierta en ácido úrico y porquería después de cuatro días; se hacen reflexiones, llamamientos al equilibrio en las expresiones callejeras, y no se consigue nada, la gente las escucha y hace lo que le parece y, sin embargo, hay que insistir. Como hacen los que van a retiros espirituales, creyendo que de tanto hacerlo, siempre algo queda. Muchos dirán que aunque volvamos a repetir lo mismo, vienen los hechos iguales y el país sigue su marcha, y aquí no ha pasado nada. Estoy de acuerdo en que no debemos caer en un puritanismo que no encaja en nuestra manera de ser, en nuestra cultura, pero dado el nivel del vandalaje, no podemos dejarnos llevar por la corriente y al menos hay que alzar la voz, como quien dice, en el desierto. En resumen, alegraos, pero no pequéis.