Vergüenza nacional
El 27 de septiembre de 2006 se lanzó una alerta sanitaria en Panamá, que posteriormente desembocó en la peor tragedia de envenenamiento por dietilenglicol del mundo.
El tóxico ingresó al país y a las bodegas de la Caja de Seguro Social burlando todos los controles sanitarios y aduaneros existentes, en un aparente caso de corrupción pública y negligencia, que todavía no ha sido esclarecido por la justicia.
La mortal sustancia tuvo su origen en la China Continental y llegó a Panamá a través de España, por intermedio de la empresa Rasfer, que a su vez la vendió a la panameña Medicom, proveedora del Seguro Social.
Lo demás ya es conocido; el veneno ingresó a hogares panameños en forma de medicinas para dejar luto y dolor.
Unos 130 panameños han muerto ya y un número indeterminado sufre por el uso y consumo de medicamentos envenenados. Sus vidas cambiaron radicalmente y en muchos casos, no volverán a ser iguales nunca.
El dietilenglicol es una sustancia viscosa, incolora e inodora de sabor dulce que provoca graves daños en el organismo, especialmente en los sistemas respiratorio y digestivo; el hígado, los riñones y la vista.
Las personas afectadas necesitan un cuidado médico especial y permanente. Los padecimientos que produce son extremadamente dolorosos y convierten la vida de estas personas en un infierno.
Los afectados son panameños que padecen enfermedades degenerativas y que claman en las calles por más atención médica y ayuda económica para enfrentar sus males.
El Estado tiene un compromiso con ellos, porque fueron precisamente las fallas y la negligencia en el sistema oficial lo que permitió que se enfermaran.
No se trata de números fríos, estamos hablando de personas que sufren a diario, porque hubo funcionarios que no cumplieron con su trabajo.
Es una vergüenza nacional observar a estos enfermos sortear sus padecimientos y las inclemencias del tiempo para exigirle al Estado que les brinde lo que, por obligación, debió darles hace mucho tiempo.
