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Vio cómo mataban a su madre

Por: Redacción 13/05/2017

Eran las 4 de la mañana y el niño de 6 años dormía con su madre, señora que vivía sola con su hijo en una casita muy sencilla de un barrio popular muy violento en esa época. En eso, irrumpen en la casa cuatro hombres drogados y entran a la habitación y sacan al niño. Se lanzan contra la señora y empiezan a golpearla y a sujetarla mientras uno la viola, siguiendo el otro y así los cuatro abusan sexualmente de ella. La mujer, como puede, sujeta a uno del cuello y empieza a ahorcarlo mientras enfurecida grita. El niño presencia todo este abominable, horroroso y trágico suceso. Otro de los hombres sacando un cuchillo muy afilado la empieza a apuñalar y la degüella. El niño frente al cadáver sentado en el piso la contempla llorando. Pasaron 19 años de aquello y un joven pandillero preso me contó entre lágrimas y rabia todo aquello que había vivido él. Me decía que desde niño había jurado vengarse de esos tipos. Los conocía. Quedó solo y un tío lo adoptó, pero solo aguantó dos años con él porque lo maltrataba mucho, sobre todo cuando estaba borracho. A los 8 años se escapa de esa casa y entre cuidar carros, pedir en los semáforos y robar cosas en el mercado para comer llega a los 13 años y entra en una pandilla. A los 15 años, y ayudado por otros compañeros, mata a dos de los asesinos de su madre. A los 17 años había matado a los cuatro. Y ahí estaba preso. Yo me preguntaba: ¿cómo este muchacho habrá crecido cargando esas imágenes de muerte, ese rencor y odio y sin estudios, sin asistir a ningún templo, sin nadie que lo amara? ¿Qué habrá pasado en su alma, cuando repasando mentalmente la forma en que matan a su mamá, se comparaba con otros niños que tenían madre y que iban a la escuela, que jugaban en los campos de fútbol, e iban al templo con su familia? Él está condicionado a promover más violencia, a vengarse, a vivir la cultura de la muerte. Y Satanás se aprovecha de eso. Esa herida emocional siempre abierta es infectada por la presencia de un espíritu inmundo que va alimentando en él un odio a los asesinos de su madre y en el fondo a toda la humanidad.

Yo hablé varias veces con él. Realmente quería conocer al Señor. Le regalé una biblia. Oramos juntos. Salió del presidio y en dos ocasiones lo vi y una vez puse mis manos sobre su cabeza y oré con mucha intensidad por él. Dijo que se arrepentía de todos sus pecados. Él sintió el amor de Dios. Dejó la pandilla. Se trasladó a otra ciudad. No supe más de él hasta un año después, donde me informaron que lo mataron.

El asunto está en que ese muchacho hubiera necesitado un tratamiento psicológico intenso. Debería haber ingresado a una comunidad cristiana e incluso haber tenido una terapia de desintoxicación de drogas. Él tenía la mejor buena voluntad, pero necesitaba huir por miedo a que la otra pandilla lo matara, o grupos de limpieza social que en ese momento existían. Muchos muchachos traumatizados necesitan un proceso de sanación espiritual y psicológico que les devuelva la paz y la cordura. La tarea es muy grande. A veces uno siente que esto nunca lo podremos hacer, pero estoy seguro de que con Dios es posible, porque con Él somos invencibles.

Monseñor

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Miércoles 15 de julio de 2026