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Visión democrática de un auténtico líder

Por: Redacción 14/04/2014

Si bien el triunfo obtenido en una elección popular otorga al ganador una especial credencial democrática, el simple “ganar” la contienda política no puede ser el objetivo final ni la concepción generalizada de lo que significa democracia, por mucho que ese objetivo apasione a los políticos. Es importante reconocer que el impulso y la responsabilidad que mueve a cada uno de los principios democráticos no pueden ser abandonados por el afán de ganar o sentirse ganador, sin que la victoria resulte vacía…

“A lo largo de los últimos siglos -afirmaba el economista norteamericano Thomas Sowel- las controversias ideológicas en la economía, la política y la teoría social reflejan dos supuestos o “visiones” radicalmente diferentes con respecto a la naturaleza del hombre”. La una sostiene que el hombre es capaz de sentir las necesidades de otros más importantes que las suyas propias. Según la misma, la verdadera meta es el desarrollo del deber social. La otra considera que los males del mundo se derivan de las limitadas y desafortunadas opciones disponibles, dada las limitaciones morales e intelectuales inherentes a los seres humanos.

Como puede verse, tanto una como otra se preocupan al final de cuentas por los resultados sociales. Ambas se basan en esencia en cierto sentido de la naturaleza del hombre; no solo en sus prácticas actuales, sino en su potencial y limitaciones últimos.

De la misma manera, en el campo político, se presenta el conflicto de visión democrática. Para algunos filósofos políticos de la democracia -el gobierno por reflexión y opción- presupone la perfectibilidad del hombre. Esta tesis históricamente ha sido muy cuestionada. Por ejemplo, una revista norteamericana ha señalado que “si los hombres fueran ángeles, no habría necesidad de un gobierno”. Infiere, por supuesto, que la creencia en la perfectibilidad humana, al exagerar la sabiduría del hombre y minimizar las corrupciones del poder, puede conducir tan lógicamente al absolutismo como a la democracia.

La democracia, correctamente interpretada, no supone ni la perfectibilidad total ni la depravación total. Considera a los hombres simultáneamente manchados por el pecado original, y capaces de redimirse. Significa, de otro modo, que la vida democrática no garantiza el triunfo de la virtud. Tampoco elimina la democracia la irracionalidad de la política. Pero sí fomenta la convicción de que, como dijo el más grande de los líderes norteamericanos, Abraham Lincoln, “no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”. Entendemos entonces que la democracia descansa sólidamente en la visión combinada de la naturaleza humana, en la gente tal como es en toda su flaqueza y gloria.

“La capacidad humana de justicia -dijo Reinahold Niebuhr- hace posible la democracia, pero la inclinación humana a la injusticia hace necesaria la democracia”. Por la misma razón, incluso a los líderes “buenos” y “democráticos” debe considerárseles con cierta desconfianza, puesto que ellos no son semidioses. Ninguno es infalible. A todos se les debe recordar esto a intervalos regulares. La sumisión incondicional corrompe a los líderes y rebaja a los seguidores.

Los grandes líderes democráticos no solo deben pregonar en sus discursos las bondades de la democracia, sino demostrarlo siempre mediante su conducta pública. Deben dar al resto de las personas el valor de aprovechar sus potencialidades más altas, de ser activos, insistentes y decididos al afirmar su propio sentido de las cosas; deben, sobre todo, ser tolerantes, porque el logro de aprobación suele requerir la conciliación de grupos disímiles con intereses divergentes. Es deber, pues, de los líderes sacrificarse por esa gran mayoría que constituye el pueblo, sabido que las masas son estructuralmente incapaces de un autogobierno directo. Y la democracia es eso; la delegación que el pueblo hace de su poder a ciertos agentes que, a su vez, se constituyen en élites. Pero la cuestión importante no es la existencia de élites gobernantes, sino su carácter.

Thomas Jefferson, en un intercambio de notas con John Adams en 1813, definió el problema de las élites: “Considero que la aristocracia natural es el regalo más preciado de la naturaleza para la instrucción, la encomienda y el gobierno de la sociedad”. ¡Sentencia que no deben olvidar nuestros políticos!

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Viernes 7 de agosto de 2026