Volver al estado de inocencia (II)
“Rico” en el Evangelio es el que se apega a lo que tiene como si fuera un dios y será más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que se salve aquél. Y el apego puede ser a millones de dólares como a un pedacito de tierra. El rico Epulón no se condenó por tener bienes, sino por no compartir su “mesa” con los pobres Lázaros.
Bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos persiguen, callar cuando nos atacan y aceptar ser “llevados como corderos al matadero” cuando haya que dar hasta la vida por el Reino. Abrir los brazos en la cruz y dejarse clavar por las tinieblas y dar la vida por amor. “Amar a los enemigos” como si fueran nuestros hermanos y ser fieles al Padre Dios y decir siempre la verdad. Tener la actitud del “Buen Samaritano”, disponible siempre al próximo que aparece por nuestro camino y dar lo que tengamos al momento para su recuperación y “ponerlo en nuestra cabalgadura” para ayudarlo a sanarse.
Estar siempre “en camino de conversión” porque el Reino está cerca y hacer como Jesús, profetizar denunciando la hipocresía y la corrupción. No hacer alianzas con los poderes de este mundo convirtiéndose en un cómplice de la explotación y exclusión del pobre. Tener la suficiente fe como para “mover montañas” y buscar siempre vivir en “comunidad”. Estar “en camino”, itinerantes, sin estar apegados a lugares, personas ni cargos.
Amar la naturaleza, defenderla y confiar totalmente en la “providencia divina” que viste hermosamente a los lirios del campo y da de comer a los pájaros del cielo. Tener siempre la prioridad de construir el Reino de Dios en el mundo, que significa poner a Dios en primer lugar, promover la justicia y la solidaridad, la fraternidad y la igualdad de oportunidades, la participación en el bien común y la defensa de los oprimidos, sabiendo que lo demás viene por añadidura.
Seguir a Jesús significa tener siempre presente al Padre y orar comunicando nuestra aceptación de su voluntad, nuestro deseo de que venga el Reino de Dios, de tener el pan de cada día, o sea erradicar la ambición y perdonar para que nos perdone. Pedir la fuerza para resistir la tentación del maligno y saber que Dios es padre de todos. Seguir a Jesús es algo más que rezar y tener estampitas de Él para que “nos proteja”, o pronunciar su nombre para pedir favores. Seguir a Jesús es darlo todo a Dios, sabiendo que con Él seremos felices e invencibles, amén.
