Yo me rehúso a ser feliz (II)
La felicidad tiene que ver con el reconocimiento de la divinidad que vive en mí, que me creó de la nada y me hizo a su imagen y semejanza y que me regala la salvación con la vida e inmolación del Cordero Inmaculado. La felicidad consiste en darme totalmente sin reservas en la construcción de un mundo mejor y en amar a los demás como me amo a mí mismo. La felicidad es generosidad sin límites, misericordia y paciencia sin límites, un vivir pendiente del bien que puedo hacer a los que son mi próximo y un saber vivir en el presente. La felicidad deja atrás el pasado y no se preocupa obsesivamente por el futuro y sabe controlar sus miedos, ahuyentando los fantasmas creados por nuestros deseos ocultos y los traumas que arrastramos de muchos años.
La felicidad tiene que ver con cultivar amigos de esos que te dicen la verdad, no te adulan y están contigo en las buenas y en las malas. La felicidad es entonces un vivir desapegado de personas y cosas que te pueden atar e impedir que seas tú mismo. La felicidad consiste en un decir un “no” a tiempo que te libre de compromisos con los falsos dioses del dinero, del placer y del poder y te mantengan libre para amar y entregarte a la construcción del Reino. La felicidad consiste en un contentarte con poco, con lo necesario para vivir, sabiendo poner en la balanza de la vida el mayor peso en los valores espirituales que no pasan nunca, y en segundo lugar todo lo que es un medio para vivir, y no un fin en sí mismo.
La felicidad tiene que ver con aguantar con serenidad los golpes de la vida, seguir adelante y permanecer anclado en el amor a Dios en primer lugar y al próximo como a uno mismo, sabiendo que todo pasa, nada es absoluto, sólo el Señor y el cielo que nos aguarda. La felicidad tiene que ver con vivir cada día como si fuera el último, consagrado a crecer integralmente, dejando fuera toda mediocridad y adorando al Eterno Padre, que nos manda a ser perfectos como Él lo es. La felicidad tiene que ver con seguir un camino, siempre el más estrecho, el del esfuerzo y del sacrificio, el de Cristo el Amor Encarnado, con quien seremos invencibles a todo desánimo y fatalismo.
