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Yo tengo un abogado

Por: Redacción 25/03/2016

¿Creyeron Adán y Eva, ambos, al Señor cuando les dio la orden que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal? Podríamos bien decir que Eva no y que Adán sí. O bien podríamos decir que tanto Adán como Eva, los dos, eran culpables del mismo pecado: No acatar el mandato de Dios. Si en todo caso, tal y como está escrito, hombre y mujer, en santo matrimonio, vienen a ser una sola carne.

Por otra parte, recordemos que Eva, ante el llamado de Dios, luego del formulado a Adán, pidiendo explicaciones, argumentó que fue seducida, engañada por Satanás, la serpiente antigua; y Adán, otro tanto, se escudó en que la mujer que Dios le había dado por compañía le había dado de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, lo había también seducido al pecado, a la transgresión primera. He allí una muestra indubitable de que siempre, lejos de asumir nuestras propias acciones o ser dueños y responsables de nuestros actos, buscaremos transferir la culpabilidad en otras personas.

La serpiente antigua, Satanás, no tenía que dar explicaciones, tampoco le fueron exigidas por el Supremo Creador, pues su naturaleza es de continuo el mal, su naturaleza es la maldad. Mal podemos imaginarnos a Dios pidiendo explicaciones a Satán, no había ningún propósito ni fin.

Simplemente a Satán le bajó la condena eterna, la pena: "Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás y polvo comerás todos los días de tu vida y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Génesis 3: 14,15).

Cosa interesante: Ninguna serpiente, culebra, puede mantenerse quieta o presente frente a una mujer en estado de embarazo. Lo he podido vivir y advertir con mis propios ojos. Se cumple esta palabra del Señor.

Cristo, simiente de mujer, herido en el calcañar ?crucificado-, pero resucitado ?hirió a Satán en la cabeza, destruyó los planes de muerte eterna para los hombres-; pues con la Resurrección del Señor Jesús, Satán fue derrotado, destruido, ya que en Jesús y solo por medio de él es que el ser humano, el hombre y la mujer, puede nuevamente allegarse al Creador, al Señor Dios Todopoderoso.

Recordemos que el pecado, la muerte, entró al resto de la humanidad por un hombre, pero también la salvación de nuestras almas entró por uno solo, por Jesucristo Dios. "Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí", eso dijo Jesús (Juan 14:6).

¿Qué entró al cuerpo y al espíritu del hombre tras la transgresión a los mandatos del Señor? Sencillo: primeramente Adán tomó conciencia de que se encontraba desnudo. Sintió vergüenza propia, y ello porque le habían sido abiertos los ojos. Tuvo miedo a Dios porque estaba desnudo. Luego, como él mismo lo sostuvo, corrió a esconderse. Dios lo conminó a que expresara o dijera quién le había enseñado que estaba desnudo. Y acto seguido le advierte "¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?

Adán, es bueno decirlo, fue censurado por Dios por obedecer antes a la mujer que a Dios mismo. Conclusión: la obediencia del buen cristiano no es para con reyes ni hombres, sino sujeto a las órdenes del mismo Dios. No que el hombre no pueda tomar los consejos de su esposa en cuenta, sí, claro que sí, pero esos consejos, como cualquier otro, deben ser subsumidos en las prescripciones de Dios, a fin de comprobar si tienen acomodo y aprobación divina.

Por nuestras transgresiones, fuimos echados del paraíso, del Huerto del Edén. El hombre, ahora, sabiendo distinguir entre el bien y el mal, capaz de extender su mano y tomar del fruto de la vida, comerlo y vivir para siempre, no podía quedarse en dicho huerto. Pues dicho huerto era de santidad y de pureza suma.

Por esa primera transgresión entró el homicidio, la lujuria, la lascivia, los robos, hurtos, envidia, malos pensamientos, guerras, dolor, llanto, tristeza, aflicciones, todos ellos corroborados en el curso de nuestra historia de la humanidad. Nada es nuevo, todo nació allí, en esa primera transgresión ante Dios.

Pero, hoy más que nunca, recobran tono mayor y vibran altisonantes las palabras del Señor en 1 de Juan, Capítulo 2, versículos 1,2: "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo".

¡Glorias al Redentor¡ ¡Glorias al Cristo Resucitado¡

Abogado

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Viernes 24 de julio de 2026