Hay quienes lo dicen en los programas de opinión en radio y televisión; otros, lo comentan a través de las redes: Panamá está viviendo una situación similar a la de las vísperas del golpe de Estado del 11 de octubre de 1968.
Con una Asamblea Nacional denostada por diversos sectores de la sociedad -al punto que hay quienes ven viable su cierre y lo solicitan- que parece complotar contra el Palacio de las Garzas, con un Ejecutivo exigido ante el peso de las amplias expectativas con las que llegó al poder, con un proyecto de reformas constitucionales corrompido y desnaturalizado a través del debate legislativo, que solo termina por mancillar la -ya de por sí- frágil institucionalidad del Estado, y con manifestaciones populares que se van tornando cada vez más constantes y violentas; diversas voces de la opinión pública empiezan a preguntarse cuándo ocurrirá una revuelta similar a las experimentadas durante las últimas semanas en diversos puntos de Hispanoamérica. Hay que preguntarse si, realmente, ha fracasado el proyecto de Estado postinvasión. El historiador napolitano Giambattista Vico dijo que la historia no es lineal, sino que se desarrolla en ciclos que se van repitiendo (idea resumida en la frase “la historia se repite en espiral”, concepto adjudicado erróneamente a Arnulfo Arias Madrid ). ¿Será que un ciclo de la historia política panameña se cerró y está por comenzar nuevamente?

El baile de los que sobran
Ecuador, Chile, Bolivia y, en España, las manifestaciones catalanas. En las últimas semanas Hispanoamérica ha visto cómo la masa sale a las calles, se manifiesta, grita el descontento que siente por cómo se maneja el sistema. El escritor Pedro Rivera, en un tuit, indicó que se trataba del despertar de pueblos que ya habían identificado al neoliberalismo como el “enemigo en común”.

El miércoles 30, las protestas tomaron un rostro más violento y se caracterizaron por los enfrentamientos entre policías y manifestantes. Hubo 54 detenidos, varios heridos, y múltiples destrozos, entre esos, la vandalización de la sede del PRD.
A pesar de su postura, Rommel Escarreola sí anota un elemento a favor de la sociedad panameña actual: El nivel intelectual y de transparencia es mayor (comparado con los niveles del Panamá de la década de 1960): “Hoy en día, por lo menos, hay más fiscalización. La sociedad está más ilustrada, más formada, tiene mayor capacidad de criterio. Ya no es tan fácil como en 1968”.
Es más, Víquez compara la realidad panameña con la chilena. Él habla de una “primavera latinoamericana” y destaca algunos elementos que se repiten en ambas naciones: La desigualdad (el alto costo de la vida, pensiones irrisorias, alto costo de la educación) y el hecho de que tanto Chile como Panamá mantienen constituciones elaboradas durante sus respectivas dictaduras militares.
Me guío por los signos
Al hablarle de Chile, César del Vasto solo comenta que “estamos lejos”; sin embargo, el también investigador se atreve a adelantar lo que podría suceder si la administración actual no satisface las expectativas de la población: “Todo indica que de fracasar Nito Cortizo, lo más seguro es que el sistema imponga a Ricardo Lombana o Ricardo Martinelli como tendencia; pero eso no resolverá el problema. Edgardo Víquez coincide con del Vasto en que las opciones para 2024 pudieran ser Martinelli o Lombana; aunque también añade el nombre de Richard Morales, quien pudiera aprovechar su línea progresista y conseguir el “apoyo de los movimientos sociales históricamente segregados” como las feministas y LGBTI, que “están empezando a unirse”. Morales, fue uno de los detenidos la noche del 30 de octubre. En el siglo XXI los golpes de Estado ya no se hacen con las armas, sino a través de la vía democrática. Por eso, César del Vasto habla que, de seguir así, Panamá podría sufrir una “venezolanización” de su política. Edgardo Víquez lo secunda y comenta que cualquier sacudida al sistema será a través de las urnas: “A mí juicio no hay posibilidades de un golpe de Estado. Hasta allá no. No creo que haya un grupo que se vaya a tomar el poder. No ha ocurrido en Ecuador ni en Chile, donde también están peleando por otra Constitución”. Rommel Escarreola, al respecto, advierte: “No estamos todavía en ese punto, pero se están activando las señales”.