Las torrenciales lluvias que azotan desde hace días la región sur de Veraguas han llevado a las autoridades a declarar alerta roja en el distrito de Mariato y otras áreas.
Con cada fuerte lluvia, decenas de familias vuelven a revivir el mismo drama de cada año: casas inundadas, caminos destruidos y la angustia de perderlo todo.

El Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) informó que unas 130 personas han resultado afectadas por los desbordamientos de ríos y quebradas.
De esa cifra, 58 permanecen en albergues y 58 personas han sido evacuadas y ubicadas en los corregimientos de Loma de Quebro, Cascajilloso y Arenas, mientras continúan los operativos de rescate y evaluación de daños.
Los reportes preliminares confirman pérdidas materiales aún no cuantificadas: cultivos agrícolas devastados, acueductos rurales destruidos, animales domésticos arrastrados por las aguas y cientos de enseres perdidos.
Pero lo más grave aún es la falta de acceso a comunidades enteras como Restingue, Cobachón, Varadero, Ventada, Las Bocas y Furniales, donde se desconoce la condición de sus habitantes por el colapso de los caminos y puentes.
El director general del Sinaproc, Omar Smith, recorrió las zonas afectadas junto a los equipos de rescate, mientras las autoridades locales piden con urgencia agua potable, alimentos, ropa seca y medicinas.
Sin embargo, detrás de cada emergencia natural en Mariato y en gran parte de Veraguas, hay una realidad más profunda, que es la ausencia de soluciones permanentes.
Año tras año, las lluvias dejan la misma secuela de destrucción, y las promesas de reubicación o de obras de mitigación quedan archivadas hasta la próxima tormenta.
El alcalde de Mariato, Ángel Batista, fue contundente al señalar que “urge reubicar en lugares seguros a la gente afectada, donde no estén en riesgo, como suele pasar todos los años”.
Pero la reubicación nunca llega y los recursos son limitados y la voluntad política, escasa.
Por su parte, el representante Ariel De Gracia denunció las pérdidas millonarias que enfrentan los productores locales, especialmente en arroz, leche y ganado.
“Cada año pasa lo mismo, los productores pierden todo y nadie responde”, afirmó con frustración.
Mientras tanto, el ciclo de la vulnerabilidad se repite: comunidades pobres asentadas cerca de ríos y quebradas, infraestructuras deterioradas, falta de mantenimiento de caminos y la indiferencia estatal que solo aparece en tiempos de crisis.
Mariato, una región de riqueza natural y gente trabajadora, sigue esperando una política seria de prevención y desarrollo rural.
Porque más allá del agua y el lodo, lo que se ahoga cada año es la esperanza de cientos de familias que claman por no ser recordadas solo cuando el desastre ya ocurrió.