Varias organizaciones internacionales, entre ellas la UNESCO, celebran este mes, los cien años de Edgar Morin, francés universal, que vino al mundo un 8 de julio. Una vida y una obra que recorre los avatares vitales del azaroso siglo XX y estableció con lucidez las coordenadas intelectuales que nos toca recorrer a los que a tientas avanzamos en el siglo XXI. La propia UNESCO pidió a Morin, como años antes pidió a Faure, unas reflexiones que ilumaran las tareas de la Educación, en el entendimiento que la paz viva que la humanidad precisa se pare en la mente de los hombres.
El gran desiderátum de las Naciones Unidas, paz y prosperidad para todos, debían surgir, debían acontecer, parirse, en el proceso mismo de hominización, de la reproducción cultural, de la educación, por la cual nos hacemos realmente humanos. Si siempre fue verdad que la educación no es otra cosa que ganar la humanidad potencial que anida en nuestro ser, tanto más importante era darle norte a raíz del re-encantamiento del mundo que debía suceder al desencanto que una ciencia sin conciencia venía pariendo desde tiempos de Descartes y Galileo y nos había asesinado en Hiroshima y nos va dejando cada vez tristes en las primaveras silenciosas que el cambio climático viene creando como hijas de nuestra ceguera tecnocrática. Deberíamos, pues, "aprender a ser", como dijo Faure hace más de 50 años en aquel Informe celebérrimo que convendría reeditar sin demora, pero correspondía también calar más hondo, desentrañando las raíces intelectuales, cognitivas, de una educación ya no pertinente, pues derivaba de un saber no pertinente. Esa fue la proeza que Morin hizo con sus "7 saberes necesarios para la educación del futuro", obra de síntesis de un pensamiento que ha sabido incorporar lo más granado del pensamiento occidental: Marx y Weber, sí, pero igualmente la filosofía poscartesiana y la ciencia posnewtoniana de Prigogine y Kapra, por dar un par de nombres justamente célebres; en suma, el pensamiento complejo contemporáneo del cual, el propio Morin es epítome.
Mi primera lectura de Morin vino de la mano de mis estudios doctorales cuando procuraba captar los resortes del proceso de integración de Europa, tratando de comprender los elementos culturales más hondos que dan ensambladura humana a la unión aduanera y a la entonces apenas debatida moneda única. En una librería de Madrid encontré un opúsculo que captó mi atención "Pensar Europa". Ese librito se convertiría en el hilo de Ariadna para llegar, pasando el tiempo a los seis tomos de su enciclopedia redactada por Morin, su justamente célebre "El Método" (primera edición de 1981). Tales lecturas me permitieron –entre otros placeres del goce académico- el dirigir una notable tesis panameña sobre el pensamiento de Morin en el programa de Filosofía Práctica en la Universidad de Panamá, y continuar una plática que no cesa con el Director del Centro de Desarrollo Sostenible fincado en la Ciudad del Saber, sitio desde donde se gestó un proyecto que nos llena de legítimo orgullo y que cita como referencia la propia UNESCO por estos días. Dija Lidia Brito: "con el apoyo del Centro Internacional para el Desarrollo Sostenible (cides), la Oficina (de UNESCO Montevideo) desarrolló inicialmente una aplicación digital educativa dirigida a jóvenes estudiantes en Panamá, que tuvo importantes resultados en estudiantes, docentes y comunidades."
En esta hora de crisis pandémica y en los años por venir, tras la hecatombe que ya se ha llevado por delante 3 millones 960 mil muertes, y que en Panamá –solo en Panamá- ya ha causado más de 6560 decesos, volver a Morin es un imperativo como punto de referencia si realmente deseamos dejar atrás un pensamiento aberrante que nos está llevando a un callejón sin salida y que en gran medida tiene su origen en una educación desenfocada, ciega para enseñar la real condición humana y la permanente incertidumbre de nuestro quehacer, así como la comprensión y la ética como medio y fin de todo diálogo, vr.gr. el de nuestra seguridad social a un paso del naufragio.
Los días por venir son los de la gran definición de nuestro futuro. Si seguiremos apostando como personas y como sociedad por el lucro del capitalismo de casino o seremos capaz de construir otro mundo posible, más humano y fraterno del que nos hablan Francisco, el Dalai Lama, pero igualmente Morin y otros humanos lúcidos.
Ya hay quien dice que debemos echar la Agenda 2030 por la borda, que era pura utopía. Más bien, creo yo, debemos radicalizar su imperativo político del desarrollo humano sustentable como un derecho que hay que conquistar y defender, derribando el orden social que niegue las vías de la construcción de esa nueva sociedad que la tecnología posibilita con la simple medida que sus réditos no vayan a parar a los ya archi-super millonarios que acaparan el 85% de la riqueza generada cada año en el planeta, sino que pasen, vía impuestos, a financiar la salud y la educación de todos a lo largo de toda la vida. Y lo propio, pari passu, debe suceder en Panamá, y es nuestro deber académico y político develar la trama de quienes lo niegan con subterfugios ideológicos y pseudocientíficos derivados de un pensamiento único tan trasnochado, como criminal y letal.
Economista. Docente y gestor universitario.