Frisaba los siete veranos,, un deleitable domingo a inicios de la década de los sesenta del siglo pasado, al susurrar de la fresca brisa bajo frondosos árboles del barrio de Bella Vista en la capital istmeña, cuando solicité una audiencia en privado con mi madre Mercedes en nuestra residencia de Avenida Cuba. Escudriñando la entereza en mi mirada, mi padre alejando la vista del periódico, apostó bien el papel de atolondrado, compartiendo un guiño con su pareja, para mí desapercibido, al retirarse de la alcoba.
Leer más en:https://pa11.panamaamerica.com.pa/sinseccion/amores-primigenios-1110353">