En las zonas semidesérticas de Utah (Estados Unidos) en 1902, un paleontólogo buscaba afanosamente un encargo del magnate industrial Andrew Carnegie para la nueva sala de su museo en Pittsburg.
La euforia de los dinosaurios estaba en su apogeo; pocos años antes habían sido identificados como un grupo de reptiles gigantescos que vivieron en épocas prehistóricas.
Una mañana se cumplió el deseo: fue descubierto el hermoso esqueleto de un dinosaurio jamás antes visto.
Se le nombró Diplodocus carnegiei en honor a quien había pagado por su búsqueda. Una vez instalado en su nuevo hogar, el Diplodocus ("puente de doble viga") lo maravilló tanto que su dueño decidió que cada museo del mundo tuviera una copia del ejemplar. No pudo ver su sueño cumplido pues murió poco después.
Pero su esposa continuó su legado. En 1928 fue donada una réplica de tan valiosa pieza al Museo Nacional de Historia Natural de México, ubicado entonces en el edificio del Chopo, en Santa María la Ribera. El Diplodocus vivió hace 200 millones de años y desapareció por lo menos hace 150 millones, cuando todavía ningún humano había pisado la Tierra. Era un gigante de casi 27 metros de largo y 4 de altura; pesaba 17 toneladas. Vivía en manadas y se desplazaba todo el tiempo en busca de alimento. Se han encontrado restos fósiles un Utah, Colorado y Wyoming, EE.UU.
Fue uno de los más grandes sobre la Tierra
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