Claves
La céltica Galicia es tierra de leyendas y tradiciones. Dice la leyenda que luego de completar la creación, Dios apoyó su mano para descansar en la esquina noroeste de España, la Finis Terrae romana, y dejó impresa las huellas de sus cinco dedos creando así las cinco Rías Bajas o Baixas.
Galicia también es sitio de peregrinaciones desde que en el Campus Stellae el obispo Teodomiro descubrió los restos de Jacob el apóstol y allí le levantó la catedral que hoy día es uno de los tres sitios sagrados de la cristiandad.

Las rías son formaciones acantiladas con aguas profundas igual que los fiordos noruegos, por lo que son puertos naturales para buques de alto calado. Sus frías aguas profundas procedentes del Ártico se combinan con las cálidas aguas superficiales procedentes de América por la corriente del Golfo.
Esto hace que su fauna marina sea abundante en mariscos y peces. Pero además, esa cálida corriente tropical atempera los inviernos haciendo que aumente la humedad y con ella, el verdor de los campos y la fertilidad de la tierra. Y entre los productos que allí crecen se encuentra la dorada Albariño.

La variedad Albariño se considera autóctona de Galicia aunque hay otros que señalan que esta variedad es un clon de la alsaciana Riesling, que llegó a Galicia llevada por los peregrinos alemanes que iban venerar al santo en Compostela y consideran que el nombre Albariño procede de Alba-Rhîn. Otra leyenda asegura que llegó a España y más específicamente al monasterio de Armenteira en Pontevedra, de manos de los monjes de la orden del Cister. Pero indistintamente si es autóctona o importada, desde la ribera del río Ulma se extendió al resto de Galicia.
La denominación de origen Rías Baixas enmarca los Albariños producidos en las comarcas del Valle del Salnés, O Rosal, el Condado del Tea, Soutomaior y el Val do Ulla.

El Albariño es un vino amarillo-pálido con destellos dorados y verdosos. Se caracteriza porque nos confunde cuando lo degustamos. Con un aroma floral que recuerda al Pinot Gris, un toque afrutado que recuerda al Viognier por su aroma a albaricoques. En boca se aprecia su frescura y armoniza bien su acidez con su grado de alcohol y con un cierto grado de mineralidad que recuerda al Riesling. Al final nos deja el recuerdo de un agradable vino bien balanceado con un toque final ligeramente amargo y sonido de gaitas, castañuelas y panderetas.