Crónica de un desafío en las montañas de Costa Rica

Propusimos varias fechas, pero debido a las exigencias del Parque Chirripó (Costa Rica), pudimos conseguir ingreso para conocer este gigante indomable hasta el día 8 de febrero.

De los 14 participantes, en las capacitaciones , el grupo se redujo a 7 personas que estaban aptas para realizar el ascenso de aproximadamente 3,820 metros sobre el nivel del mar.

Posteriormente quedamos cinco; Mario Gonzales Cortez, Raúl Ríos Tejedor, Enrique Sánchez, Haranetd Gómez y mi persona.

Realizamos varios ascensos en suelo panameño para obtener condiciones físicas, ya que el recorrido es muy exigente. Realizamos ascensos nocturnos y diurnos de hasta 20 kilómetros diarios entre lugares como el Cerro Picacho, Alto Pacora (Cerro Azul), Cerro Chame y Cerro Campana.

El momento de la verdad.
Nuestro viaje llegó y dimos inicio vía terrestre la noche del sábado 5 de febrero.

Luego de realizar trámites migratorios en Paso Canoa, emprendimos el recorrido hasta la Comunidad de San Isidro de El General para abastecernos y luego hacia la población de San Gerardo de Rivas donde nos hospedamos.

Desde este punto, nos alejaban escasos 50 metros del que sería nuestro lugar de partida para dar inicio al sendero de ascenso y lograr el objetivo.

Esa noche cenamos y nos acostamos temprano, pues pusimos como hora de salida la 1:00 a.m. A las 12:30, levantados y con mochilas a cuestas, calentamos unos minutos y arrancamos nuestra jornada, no sin antes organizamos de tal manera, que los que caminaban más despacio estuviesen al frente y los mas rápidos y de mayor experiencia al final del grupo, e iniciamos a caminar.

Estaba oscuro, sin luna, pero un cielo estrellado nos afirmaba que el sol sería intenso e insistente durante el camino.

Todo transcurrió tranquilo y sin mayor cansancio hasta llegar al kilómetro 7 donde se encuentra un refugio llamado El Llano, sitio ideal para hacer una pausa y comer algo.

Reanudamos nuestro ascenso en Loma del Agua.

Cuando llegamos al Monte sin Fe, en su cima encontramos un banco y un letrero que lo identifica. Nos tomamos casi una hora para reponernos y prepararnos para lo más difícil: La Cuesta de los Arrepentidos.

Al llegar arriba, una hermosísima vista del Chirripó al fondo; el Cerro Crestones a un costado y al otro el Cerro Terbi; y abajo, en un valle, nuestro refugio ¡Qué alivio!

Ahí descansamos. La noche caía y las historias de nuestras experiencias vividas hasta este momento fluían sin parar entre risas y anécdotas.

Las mismas fueron interrumpidas por el sueño y los guardaparques, quienes apagaron las luces a las 9.00 p.m pues el plan era salir a las 5:00 a.m .

Rumbo a la cima.
Al amanecer nos preparamos ya que el frío era fuerte.

Los termómetros del refugio marcaban los 2°C y conforme caminábamos la temperatura bajó a -2°C en El Valle de los Conejos, ubicado en medio de picos rocosos, comparable a la cordillera de Los Andes o Los Alpes.

Comenzaba nuevamente el ascenso, ahora ya era por medio de rocas grandes. Seguimos subiendo hasta llegar a la cima ¡qué hermosa vista! Al fondo, el Valle de Las Morrenas con sus lagunas; y en el horizonte, el Cerro Turrialba, lanzando cenizas y el Volcán Barú a mi derecha.

Ya en la cima, todo era felicitaciones con los que allí estaban. Gente de Nicaragua, Costa Rica, Canadá, Inglaterra.

Cuando el resto pudo llegar, firmamos en el libro de la cima y nos tomamos fotos, hasta que comenzó a nublar, supimos que era hora de regresar; eran 25 kilómetros de bajada hasta San Gerardo, de vuelta a la realidad. Entre bromas, cuentos de montaña, historias y risas, llegamos al hotel ya oscureciendo.


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