El vino para la Semana Santa

El que es utilizado en la misa no es el que normalmente conocemos, y su sabor es dulce.

Aníbal Villa-Real (direccion@manualdevinos.com) / PANAMA AMERICA

Más datos

  • Sin aditivos
  • Otro detalle es que este tipo de vino no debe contener ningún tipo de aditivos. Debe ser un vino puro de uvas, algo así como un vino ecológico, y su consumo es autorizado por el obispo de la diócesis donde se elabora.
  • Variado
  • Este tipo de vino de misa se produce en muchos países y con muchas variedades de uvas.
  • Historia
  • Fue la religión católica la que permitió mantener la vitivinicultura luego de la caída del imperio romano. No olvidemos que era necesaria la presencia del vino durante la misa, necesidad que mantuvo los viñedos en Europa y que promovió las primeras plantaciones de viñas en las tierras descubiertas del nuevo y novísimo mundo.

Esta semana es época de recogimiento y reflexión, en que recordamos la Pasión y Muerte de Yahshua, el Cristo Redentor, quien por nuestra salvación se ofreció al sacrificio.

Uno de los instantes de mayor trascendencia en nuestro credo cristiano ocurrió la noche anterior a su inmolación. Esa última cena es el acto de reafirmación de nuestra fe, es el pacto entre Dios y nosotros, en la que bendiciendo los alimentos invita a sus discípulos a repetir en su nombre y memoria esa alianza de pan y vino.

Al celebrarse la misa que repite ese momento trascendental, se come pan y se bebe vino. La interpretación de la consagración, esa conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo, ha sido interpretada de manera diferente entre los cristianos, y creó el cisma más importante de la cristiandad.

Los católicos romanos y ortodoxos reconocen la transubstanciación (el pan y el vino consagrados se transforman en el cuerpo y sangre de Cristo, aunque conserven las características accidentales de color olor y sabor, del pan y del vino), mientras que las corrientes cristianas disidentes apoyan la teoría de la consubstanciación (el elemento divino dentro del pan y vino se combina con el elemento material, y la eucaristía no es una transformación, sino una conmemoración de la última cena).

Pero el pan y el vino que se utilizan no son los que usualmente comemos y bebemos.

El pan se elabora con agua y una mezcla de varias harinas, sin sal ni levadura, tal como se comía el pan ácimo en esa época. La masa se adelgaza y se acuña como las monedas entre dos planchas, que suelen tener un bajo relieve que les imprime un dibujo, y luego se cortan y se secan.

El vino, motivo central de este espacio, tampoco es el que normalmente conocemos. La primera diferencia es que suele ser un vino dulce o un mistela (mosto al que se le añade alcohol), de un color oro brillante, y la razón es obvia, los sacerdotes suelen estar en ayuna cuando celebran la misa, y el azúcar del vino les evita una lipotimia por hipoglucemia (desmayo por baja de azúcar en la sangre).

Hasta qué punto fue importante este uso religioso, que el vino de misa fue el único vino permitido en los Estados Unidos durante la Ley Seca.

Un detalle curioso y que no me han podido contestar mis amigos sacerdotes es por qué si la sangre es roja, el vino de misa más solicitado es de la variedad blanca malvasía, y que incluso fue utilizado en la consagración de la eucaristía en el Encuentro Mundial de Familias, que celebró el papa Benedicto XVI en Valencia en julio de 2006.

Sin embargo, no es importante el color del vino, lo importante es la trascendencia de la liturgia y nuestro deber de ser mejores cada día; y cuando en la misa el sacerdote eleve el cáliz y diga las siempre impresionantes palabras [B]hic est enim calix sanguinis mei[/B](este es el cáliz de mi sangre), recordemos el supremo sacrificio del que voluntariamente se ofreció por amor a nosotros, y reforcemos nuestra promesa de ser mejores para con Dios, para con nuestro prójimo y para con nosotros mismos.

 

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