En la peregrinación a Machu Picchu, la mayoría de los visitantes toman el tren en Cusco llegando a Aguas Calientes, como fue nuestro caso, en un tren con techo de vidrio. Aquí me encontré con el guía que me acompañaría en mi recorrido por Machu Picchu, este era el momento cumbre de mi viaje al Perú.
La carretera serpenteaba por la montaña y el bus que nos llevaba parecía ser más ancho que los carriles.

Llegamos a la cima y la ciudadela de Machu Picchu estaba a mis pies. Era exactamente la imagen que tantas veces había visto por internet, en fotos y en postales. Lo que las fotos no pueden transmitir es la intensa energía que se siente al estar parado ahí.
Nuestro guía era circunspecto, hablaba en un tono de voz moderado y no abusaba de las explicaciones, dándonos tiempo para contemplar el paisaje. Sin embargo, en cada parada que hacíamos teníamos que competir con otros grupos, cada uno de ellos con su guía.
Uno de los guías tenía la voz tan chillona como la de Chavelo (el mexicano que se viste como Kiko y que tiene un programa para niños) y se notaba que le gustaba acaparar la atención; a partir de ese momento me separé de los grupos y disfruté por mi cuenta.
La ciudadela tiene viviendas, áreas de observación celestial, lugares sagrados, su propia cantera, fuente natural de agua y el área agrícola.
Esta última constituye una de las bellezas más conspicuas de la ciudadela: con el doble propósito de evitar la erosión y tener espacio para sembrar, los incas hicieron terrazas en forma de escalones que eran cubiertas con tierra fértil que traían de otros lados.
La forma escalonada evitaba la erosión y a la vez les daba una vía de acceso a sus cultivos.
Gran parte de la ciudad está rodeada por estas terrazas, lo que nos daba espacio a los que queríamos paz y tranquilidad, y acceder a las mismas no es fácil.
Tras un par de horas de meditación llegó la hora del almuerzo.
Mientras disfrutaba de un nutrido bufé de cerdo, pollo, carne (creo que de llama), arroz, tres variedades de papa, cebiche y otras delicias culinarias del Perú, pensé en lo agradecido que estaba con la vida por permitirme estar ahí.
Llegó la hora de partir y luego de pasar 25 minutos de susto durante la bajada por la calle angosta, llegué otra vez a Aguas Calientes; cuando el tren de vuelta a Cusco arrancó, miré por la ventana para llevarme una última imagen del pueblo y ahí estaba Chavelo, tomándose un refresco.