Lo mío con Francia empezó con la palabra “boîte” (pronunciada “bwat”). Las gentes de mala vida iban a la “boîte”, a la “bwat”, pero yo leía y decía “boite”, tal como se escribe. Un día en Madrid alguien pronunció “bwat” y me volví hacia él para informarme de la palabra oída en la infancia: “sí, una “bwat” es una discoteca” me dijo señalando la palabra "boite". No me podía creer que ambas palabras fueran la misma cosa y que al final en la “bwat” o en el “boite”, ni todos están perdidos ni todos llevan mala vida.
Y es que Panamá y Francia tienen muchas cosas en común y nuestras vidas se han cruzado en algún momento de la historia. Superado lo del Tratado de 1903, les hemos invitado a nuestra Feria del Libro para ponernos al día en las cosas buenas que nos vinculan como la Literatura. Porque en todos lados se cuecen habas e historias, en todos lados se vive, se ama y se muere en "panameño” o en francés.
Primero fue lo del “boite” a la “bwat”, pero luego fueron llegando los libros. Dos de los grandes por la televisión. El primero fue “Los Miserables” de Víctor Hugo que "vi" antes de leer en una película en la que mi personaje favorito, el implacable Javert, fue interpretado por Anthony Perkins. Cuando terminó la película, me interesó tanto la historia que pregunté por los libros. La lectura, años después de vista la película no me defraudó, pasando a formar parte de mis grandes lecturas.
Igual pasó, años después, con “Nana” de Emile Zola. Otro de mis franceses favoritos. “La historia de la francesita”, como la bautizó mi abuelita Chela los días que duró la miniserie. Y yo volví a buscar la novela y otra vez las cosas resultaron ser mejores leídas que vistas.
Ya en secundaria entró en mi vida, de la mano de mi profesora de Español Aida Mock uno de esos libros que todos debemos leer: “El principito” de Antoine Saint-Exupéry [. Hicimos un análisis literario y supuso para mí la primera máxima nota en la materia. Me entusiasmó ese pequeño libro, como pocos hasta ahora y tantos años después lo han hecho.
Ya por estas lindes, lejos del terruño, me visitó uno de los grandes artistas de la novela: Gustave Flaubert. “Madame Bovary” es una novela tremendamente bien construida (y las cartas del novelista a Colet, todavía más), y de eso oía hablar con entusiasmo a Mario Vargas Llosa. Busqué la novela y su ensayo sobre el tema y volví a constatar que lo mío con Francia iba a las mil maravillas.
Pero uno de los encuentros más fascinantes con la literatura gala fue el que tuve con uno de sus más terribles hijos: Donatien Alphonse François. Dicho así suena un poco desconocido, pero si les digo su título nobiliario, seguro que les suena: Marqués de Sade, que consigue que su nombre se convierta en sustantivo para designar una parafilia. Detrás de sus escritos bulle una biografía fascinante.
Estos son mis franceses favoritos, los de antes. Los modernos, otro día.
Confieso que París es una fiesta y que grandes escritores se han perdido por sus calles intentando respirar ese aire distinto que tiene. Por ella he visto a la Maga, a Ribeyro, a Cortázar del brazo de un Cronopio, a Bryce Echenique escribiendo una guía triste y a Vila-Matas confirmándonos que París no se acaba nunca.
Muchas cosas tenemos en común con los franceses. Después de descubierta aquella palabra de la infancia sé que en la boîte se puede uno divertir y que escribiendo la misma palabra y leyéndola tal y como se escribe se pueden evocar los recuerdos de la infancia, cuando todo era un misterio y a la puerta del “Boite Tempo” en la Cuchilla de Calidonia, comprábamos saus mirando de reojo la entrada de donde la música salía como cantos de sirena.